Depredadadores son aquellos que tejen con banderas telas de araña como en la época de la Guerra del Anillo, la de aquella araña que habitaba en los túneles cercanos a la torre de Cirith Ungol, en las Montañas de la Sombra, en un antro de oscuridad impenetrable y olor nauseabundo conocido como Torech Ungol. Los depredadores son los guardianes del ejercito de Sauron que sabía perfectamente de la existencia de aquella a la que alimentaba para que le sirviera de guardián si alguien osaba entrar a Mordor por allí. La araña, por su parte, no lo reconocía, tejia su bandera donde atrapar seres a los que la congregación empuja para que les sea inyectado el veneno de la ambición y el delirio, asi la miseria no se sublevará al espíritu y encontrará la ficticia libertad urdida desde oscuros despachos, envuelta en papel de regalo para servirla en la mesa. Las fauces de los depredadores, en perfecta simbiosis, engullen el fruto de la desesperanza, ésta se disuelve sobre su lengua y entre sus dientes con suspiros que hacen eterno el boato de una riqueza superflua.
Sobre sus cabezas pasan nubes de un invierno olvidado, sin aguas que derramar a los sedientos rios de lechos vacíos que discurren entre riberas que fueron frondosas y, frecuentadas entonces, por Tartessos, fenicios, griegos, cartagineses y romanos, jalonadas por chopos, mimbres y sauces, tiras de zarzamoras, majuelos, lentiscos, cornicabras y rosales silvestres que en primavera se llenaban de mariposas y hervideros de insectos libadores del dulce nectar de las flores. Como un maligno sueño cuántico viajan las nubes derramando aquella otra seca realidad sobre los eriales que dejan a su paso los indecentes cuatreros que secuestraron la dignidad de los pueblos para venderla como vulgar mercancía. Aun sigue la mayor parte de la humanidad sumida en el hastío que producen los dias sin color.
A los que vivimos sin banderas aún nos quedan horizontes puros donde reposan los azules invernales, donde los vientos arrastran las fanáticas hojas secas de otoño lanzándolas a su último destino dorado, caminos que discurren entre espesas arboledas que les sirven de abrigo y que se alejan entre nubes hasta la tundra de las alturas, donde habita el silencio que roza las grises lajas cubiertas de musgo esmeralda. Allá no hay banderas, alli, mudo, vive el origen imperturbable, de la mano del tiempo, etéreo y mineral, el orden y la vida, alas que navegan en espacios siderales sin dueño, tus pensamientos y los mios se funden con los aires limpios, con los designios del tiempo y la tierra, las cicatrices y los sueños. La vereda sigue ascendiendo y la respiración se funde en la memoria donde un tiempo dejó de existir y donde se abre la puerta de otro, serpentino con tres cabezas: de hombre, de toro y de león, para seguir navegando en océanos salpicados de millones de microcosmos estelares que solo obedecen las leyes de la física, de la naturaleza primigenia, de ti.
R.J. 2017

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