Riegame, riegame es una oración en muchos sentidos, discurre por muchos lugares de la tierra. No sólo es el agua, si no, un cúmulo de ausencias. La primera de ellas es la sequía que trae consigo la escasez de un verdadero pensamiento crítico ante los males que nos rodean. El primero de ellos somos nosotros mismos. Creer en las creencias de lo que no existe nos disuade de entrar de lleno en la honestidad que aún pervive en el interior de cada ser. Para salir de ese carrusel solo es necesario ejercer la voluntad. La voluntad es la libertad y ella es el territorio donde el poder no puede entrar para atraparnos. Los pueblos pertenecen a la libertad y ésta a la naturaleza y por ende llegará la hora cercana de regar los campos baldíos, los que dejaron resquebrajados aquellos que ni siquiera contemplaron un águila sobre sus cabezas. Regar a las personas es otro acto de humildad hacia la tierra, hacia la naturaleza humana también. Y ahora necesitamos una savia nueva que llegará empapada de los principios básicos y existenciales para el siglo XXI cuyo génesis está germinando en ti.
Dejamos de ser campesinos a consecuencia de las leyes que impuso el capitalismo que abrazó una burguesía arrogante y desconocedora de si misma, demoledora por su idiosincrasia, y que, para sostenerse, hicieron suyas las cosechas locales, los pequeños huertos, impusieron en su lugar las de ellos convirtiéndonos después en proletariado urbano despojados de nuestros bienes. En ese sentido poco ha cambiado desde entonces, ahora nuestras "tierras de cultivo" están sujetas a hipotecas de por vida, los campos donde se labraba ahora son departamentos, mamparas y lugares minúsculos donde pasamos la mayor parte del dia trabajando para entidades, corporaciones, empresas y estados a los que enriquecemos con nuestro trabajo a cambio de salarios ridiculos respecto de los suyos, imponen sus teorias y sus normas contra nosotros, se compran los gobiernos e invaden nuestra intimidad escrimiendo razones para que caminemos rumbo a un mundo material y ficticio en busca de su sentido de la vida, inservible para los pueblos y sólo lucrativo para ellos.
Crean un mundo feliz (ya lo describió Huxley) para que vivamos en él, mientras afirman políticamente que el adversario se equivoca, instaurando asi la descalificación, el caos y la desintegración de las culturas, la sociedad idiotizada. Siempre hubo manipulación de las gentes, pero, en esta época es sumamente más rápida y útil dada la rapidez con que se difunde todo por los canales de internet entre tanta ausencia de educación, instrucción y conocimiento de lo que existe. Edgar Morin dice; "Les temps contemporains nous montrent une technique qui se déchaîne en échappant à l'humanité qui l'a produite."
Pero en fin... seguí caminando, resulta un tanto extraño casi sin entrar el mes de septiembre un anuncio del otoño tan temprano y tan bello, algunos árboles visten colores no propios de la época, como si las estaciones se hubiesen desplazado. Será la naturaleza la que transforme nuestra cosmovisión, nuestros hábitos, la que imponga sus leyes contrarias a las de esta humanidad emergente.
Y subimos a las alturas, mas allá de la tundra, en el reino de las afiladas aristas. Nos refugiamos en aquella altitud, allá liberamos los pensamientos que cruzaron las fronteras de las águilas, allá el estío no existe, tocamos el cielo y el techo de la tierra. Y mientras caminas formando parte de la silueta del horizonte, los pensamientos se hacen más sutiles, trasciendes de la mediocridad, de lo común, de lo ordinario, de lo superfluo y llegas a lo obvio. La obviedad; siempre hemos convivido con y en la naturaleza, con todos los seres que la integran, incluida el agua como ser, resulta fundamental que nos abrace en las ciudades, que nos acompañe el sonido de las aves y del agua. Después, como tantas veces desde hace tantos lustros, bajé al mar. Me dijo la ola que guarda secretos de seres que partieron hacia una nueva vida, qué clase de humanidad arranca de su fondo los bienes más preciados, lava sus conciencias en sus aguas mientras deja sus despojos y a las gentes a la deriva.
Ayer; la mañana despertó con el sonido ronco y cansino de un buque, quizás pedía amparo, no lo sabemos, la niebla invadió nuestra visión del cosmos y del horizonte. Las aves se escondieron como presagio de algo desconocido, la tierra aquí no tembló, pero, un tsunami ardiente se fraguaba bajo ese manto de nubes madrugadoras aplastadas de polvo sahariano, mientras tanto aprovechamos para que el pollo se haga lentamente en las ascuas y ponemos ramilletes de romero colgados de los dinteles para que impidan la otra plaga de moscas sacrílegas. La aventura del día esta servida, la luz aún no ha llegado y el motor ruge desesperado. El buque ya ni se oye. Alabados sean los ventrílocuos que te transportan a las ramas donde viven la chicharras. Después, afortunadamente, se escondió el sol. Así transcurren días, a veces inmersos en una realidad surrealista cuando se mira desde el prisma de esta otra en la que pensamos que deberíamos salvar un planeta que parece ser algo ajeno, y si no podemos hacerlo, al menos, intentarlo, y, más se acentúa ese pensamiento cuando el termómetro pasa de los cuarenta. Así discurren las horas, entre una realidad en la que no pasa nada y en la otra que sí pasa. Las dos son aplastantes y las dos impuestas, una por la humanidad incomprensiblemente inconsciente, incompleta y fagocitadora, la otra, por la naturaleza mancillada y no respetada que intenta sobrevivir a la primera. De este modo aparece una tercera realidad, la que nos gustaría vivir, la plagada de caminos soñados hechos realidad. La cuarta y última es ésta, un bucle que gira y gira, como los Derviches, alrededor de todas las anteriores. Su Sama representa la ascendencia espiritual hacia la verdad, nuestra danza diaria en este mundo que vivimos nos convierte en mendigos de lo "ascético que contiene lo material", lo corpóreo sin la coexistencia del alma o el espíritu, (distinta a la definida por las creencias masivas y religiosas), tal carencia impulsa la búsqueda de una verdad que aún no existe, que está en construcción y que abducidos por esa deslumbrante materialidad nos empeñamos en edificar.
En estos tiempos de pandemia se habla mucho de las actividades esenciales, pero se olvidan las necesidades indispensables de los pueblos, la dignidad es una de ellas, y, de momento, en este mundo tan material, para conseguirla es imprescindible una educación sin adoctrinamiento, un trabajo digno y suficientemente compensado y una vivienda adecuada como mínimo. Son los vehículos que dirigen a una sociedad hacia su desarrollo como conjunto de individuos conscientes (y no consiste en crecer, si no todo lo contrario), y, para poder saber ver lo que existe. Para discernir y arrinconar el desgaste que lleva consigo la marginalidad que produce la acumulación del dinero y del éxito.
Aún nos queda las rebeliones y las revoluciones, para tal sublevación hay que "creer" honestamente en ellas, que, en este caso, significa tener la suficiente seguridad de que es el camino para liberarse de las ataduras impuestas por un sistema desfasado y disfrazado de emergentes democracias que nunca terminan de gestar, y, así llevamos siglos en busca de ellas con la impresión de que alguna vez traigan una verdadera libertad. Ya en el siglo V a.C los griegos consideraban la libertad fundamental y por encima de cualquier bien. Ella es la forma de evitar que se apaguen las revoluciones bajo falsas promesas y mediante pagos con bienes materiales extraídos de la tierra que también nos pertenece a todos los pobres, a los pueblos y a las tribus. Solón -594 a.C.- ( https://es.wikipedia.org/wiki/Sol%C3%B3n) tomó la medida de prohibir esclavizar por deudas a ningún ateniense y hoy somos esclavos de un sistema de vida que agoniza, de créditos y deudas para cubrir necesidades básicas y para cubrir las creadas únicamente para sostener este sistema, esto último resulta absolutamente terrible, tan acostumbrados estamos a ello que pasa desapercibido. Las nuevas generaciones nacieron bajo esos preceptos y lo tienen tan asumido que sería imposible revertirlo sin revolución alguna. Hay una canción de la Romántica Banda Local que dice repetidas veces; "no hay un cambio si no hay stop", quizás ésa sea la revolución.
Ya hablaba Gandhi de la revolución pacífica, la nuestra consiste en mirar hacia el extremo opuesto de donde pone el ojo el sistema y el poder, eludir la penetrante mirada de Sauron y abrazarnos a nuestro ejército que es la Naturaleza, la fuente de la sabiduría. Quizás -es una duda, un adverbio que nos persigue, habría que hablar en tono impositivo- regir nuestros pensamientos dirigiéndolos fuera de la duda, aprendiendo e imitando a la Naturaleza, aprender a observar su lentitud y su perseverancia y luego encajarlos en nuestra vida. Expandir la belleza en nuestros actos incluyendo en ellos los más altos del carácter humano; la voluntad y el valor. Sin ellos seguiremos discurriendo por la misma corriente o caminando sobre la misma alfombra roja que el despiadado capital extendió bajo nuestros pies y que luego, con violencia, arrebató.
Mientras tanto entre palabra y palabra, entre pensamiento y pensamiento me sumergí entre la hierba navegando a lomos de su olor como otras tantas veces, tan antiguo, su aroma, que mi memoria no alcanza. La hierba es un prodigio del que dependemos, nutre y guarda la tierra, refresca, y, su contemplación, es un acto más de humildad como su esencia, su presencia y su existencia. Su humildad es un ejemplo de supervivencia, es un vehículo esencial para refrescar la memoria, y, cuando se humedece, surge un sentido de la vida que casi permanece desapercibido. Es donde la mirada se relaja y viaja a espacios antepasados. Es la que adorna y arrulla los caminos, el refugio de otros seres y el génesis. Después me senté y observé como cambió el viento de levante a poniente, las moscas desaparecieron y llegó el agua limpia y fresca del Atlántico.
Agosto, el mes de las cabañuelas, y mientras pasan las horas, aquí, entre tanto, buscando pasadizos secretos, recónditos lugares que habitan tras las cortinas mientras que las musarañas se asoman entre los pliegues, y, aparecen caminos que anduvimos hace ya tiempo, los que soñamos y los que vendrán de la mano con la mejor compañía. Tras ellas también hay veranos escondidos, agazapados para atraparnos, de frescas charcas, tendidos de campos amarillos, de humildes cereales durmientes, de olor a hierba seca a la hora del atardecer o a la lúcida mañana húmeda, a lomos de su olor pasa la memoria, se posa y se mezcla con el ahora a la hora en que los zancudos atacan cruelmente sin piedad ávidos de sangre joven.
Al unísono del calor, la memoria se disuelve y visita los vórtices de la tierra que anduvimos donde conectarse con otras realidades. Donde aquellos de entonces vivieron casi retenidos por la naturaleza, envueltos en inviernos casi eternos, en estaciones inalteradas, en veranos repletos de ventisqueros y primaveras de riveras. En otoños ruidosos de sinfonías de hojas. Carpe diem. Y navegamos observando a los escarabajos y a los zorros, a las águilas y al acentor, al pie de los signos curiosos que atraen la voluntad y representan la belleza, donde anidan los paraísos de horizontes verticales plagados de nieves eternas, sacralizados, después banalizados, y, más tarde, casi esquilmados por la incoherencia humana. Espacios que se han convertido, no en refugio de la intimidad del ser, si no, en verdaderos multitudinarios "safaris" que traen consigo daños a los recursos naturales y culturales sin ninguna clase de intercambio, invadidos de meros observadores que sólo deambulan tomando automáticamente y sistemáticamente las mismas imágenes para importarlas a los mismos lugares de la tierra a través de las redes, gentes que cruzan continentes y océanos para captar una imagen mientras se alimentan de comidas industriales importadas, lejos de parecerse a las de la gastronomía local. En ese caso, el intercambio de culturas es inexistente, la fórmula que pone en movimiento esa actitud viene diseñada por entidades e instituciones de filosofías anacrónicas, lejanas a los tiempos y a los cambios estructurales que irremediablemente se avecinan impuestos por el terrible deterioro global en todos los sentidos. Las culturas siempre han interactuado en favor del intercambio de bienes, de ciencia y conocimiento, y ahora, el intercambio es sólo económico de consecuencias devastadoras, lejos del verdadero enriquecimiento.
Después de tantas crisis creadas y padecidas a lo largo de las últimas décadas, además de la pandemia, se ha conseguido esquilmar el bienestar y parte de la dignidad de los pueblos mediante el saqueo y la incursión de nuevos valores creados vilmente y explícitamente como necesarios y verosímiles, imponiendo necesidades y obligaciones que rompen el marco de la libertad provocando lógicamente la insolidaridad, la intolerancia, la usura, el deterioro de la cultura y el aumento de la incomprensión y la inconsciencia, expulsando de su lugar la compasión, en este campo de batalla queda extendida en la piel de la sociedad como un cadáver; la miseria en todos los sentidos, material, física, mental, filosófica y espiritual, produciendo que; "cuando el hoy cuesta vencer, no se puede pensar en el futuro", en esta época la libertad se compra de forma distinta a los tiempos de la esclavitud. Para ser verdaderamente libre y sobrevivir en este mundo es necesario someterse a los caprichos del dinero, de las “imposiciones y obligaciones” que le acompañan sin que nadie ponga freno a tan gigantesco despropósito deshumanizador que divide las sociedades comprando ideologías y tergiversando las políticas sociales y humanitarias. La naturaleza, claramente por ello afectada, reclama el espacio que le fue usurpado y se revela con constantes cambios. Los fines de cada actuación humana, incluidos los del pensamiento, no pueden ser solamente económicos, deben dirigirse y adecuarse, sine qua non, a la base de todas las pirámides que sostienen globalmente a las sociedades, a la re-generadora de vida y riqueza que es la naturaleza, a su sostenibilidad. Será ella quién imponga nuevos hábitos, quién defina y trace nuevos senderos, quién tenga la última palabra acerca de nuestra forma de vida, quién acentúe donde no hay.
Nos superprotegemos para vencer los episodios que se presentan ante un accidente o el peligro y las sociedades se dotan de avanzados mecanismos para ello. Pero nunca pensamos que, al lugar donde nos dirigimos, no es el adecuado y supera el límite de nuestra capacidad. Confiamos en que alguien acudirá a nuestro encuentro y nos salvará cuando suceda el infortunado hecho. Tampoco prestamos atención a los límites de la tierra, a su generosa entrega y esperamos a que esto pase, y, que alguien nos salve, no sé quién.
Aquel día de finales de un invierno, no había helicópteros, ni teléfonos móviles, ni gps, solo el hielo azul y blanco, frio a pesar de que el sol se estrellaba contra sus cristales, era como caminar de puntillas sobre un firmamento helado. Una mañana de sol, de fría brisa, de rocas que como buques navegaban sobre una alfombra blanca. De silencio roto por las pisadas. Bajo nuestros pies un largo corredor discurría serpenteando ladera abajo hasta desvanecerse entre rocas y verdes, sobre los prados donde el agua del deshielo bramaba rompiendo aquel silencio. Uno de nosotros pisó mal el duro hielo y en segundos emprendió una veloz y vertiginosa caida, rebotando entre las rocas de allá para acá. Nuestra vista perseguía sin perder detalle a aquel cuerpo que huía de las alturas, impávidos, con miles de pensamientos al mismo tiempo rondando por la cabeza. No había nadie más, los cuerpos de rescate empezaban en esa época a crearse, los únicos éramos nosotros y a más de diez horas de la más cercana población. Por fin el compañero se detuvo en un recodo del corredor y desde arriba pudimos ver que se movía. Aquella vez la belleza de aquél lugar no dejó entrar la oscuridad de la muerte. Llegamos rápido a su lado, sólo sufrió magulladuras. Nos echamos a la espalda sus enseres para descargarlo de peso, y, ayudándole a sostenerse en los primeros pasos, lo pusimos en marcha de nuevo hasta llegar a la población. Seguramente hoy no hubiese ocurrido así. Hoy la voluntad se ha reducido al "estado de bienestar", a la presión del dedo sobre la pantalla, antes era el clic del ratón que era algo más penoso. El riesgo no existe, se ha convertido en virtual y la verdadera realidad en un paréntesis, todo ello envuelto de la inmediatez. Quizás el capitalismo nos quiera vivos y sanos, así consumiremos más tiempo sus innecesarios productos, y, nos abraza, y, nos engulle y nos superprotege.
Los que caminamos durante años y años al borde de los precipicios, entre los bosques, sobre las tundras, en equilibrio sobre las aristas de la alta montaña, atrapados a veces por su violencia y exagerado rigor, echamos las raíces en lo más humano, en la tierra. Extendimos la mano a todo aquél que lo necesitó y viajamos sobre una realidad tan contundente que lo demás queda en segundo plano. Aprendimos a realimentar la voluntad, a valorar lo más ínfimo, a compartir unos dátiles y unas gotas de agua. A vivir en la pureza de lo perdurable y eterno y a respirar lo efímero que al mismo tiempo se desprende. En nuestras carnes quedó marcada la vital pasión por la supervivencia sin algoritmo alguno, (en este mundo tan sumamente "civilizado" quizás ya no exista ese espíritu), con el sentido de la orientación -en todos los sentidos- incrustado en las sienes a golpes de tormentas, de fatigas, de vientos imposibles que hacían levitar el cuerpo, incluso de poéticos arreboles y tardes de calma púrpura. Aprendimos a no despreciar nada y a valorar los caprichos de la naturaleza y a observar, y sobre todo a las personas, a escuchar el silencio y el rio, la respiración y la de la compañía que se convertía en un elemento cuántico con el que apreciar su estado de ánimo. El roce de las hojas que es el lenguaje de los árboles. Caminamos bajo la luna en eternas noches de firmamentos cristalinos. Seguimos los rastros de antiguos moradores como si sus almas nos guiasen hasta llegar a lugares mágicos, donde la única luz en la noche era la hoguera de la que manaban historias increíbles y donde la vela señalaba la dirección de la corriente que renovaba el aire. El tictac del reloj allá no existe y las horas las marcan las sombras del sol. Aún no había llegado esta contaminación tan extrema, ambiental y, sobretodo, mental. Estuvimos donde reinaba una sólida y pétrea armonía que en su seno guardaba los valores excelsos que nos atan a la tierra. Construida toda ella en minúsculos universos marginales que el propio sistema, después, hizo suyos como meras mercancías. Huimos de las masas y al mismo tiempo navegamos entre ellas para, así, confirmar por enésima vez nuestra sospecha de que un mundo mejor existe, y, llegar a la conclusión de que la naturaleza debe formar parte de la vida diaria, -cuesta trabajo decir una obviedad tan rotunda-. Los santuarios elegidos como reservas de la biosfera, como parques temáticos, nacionales, símbolos definidos por las instituciones como restos, vestigios donde un día habitó la emergente humanidad entonces ingenua, ejemplos de lo que fue y de lo habitable, deberían extenderse, -no cercarse- para tristemente preservarlos de nuestros propios actos, si no, todo lo contrario, extenderlos e integrarlos en la ciudad. Las ciudades habitables ayudan a que sus habitantes se desarrollen, sobre todo, como seres respetuosos ante si mismos y los demás y entre su entorno, así surge la simbiosis con el resto de la vida, mana la tolerancia casi invadida hoy por la tiranía y la incomprensión. Construimos las máquinas, abrimos un nuevo y desconocido capítulo con la intención de abrigar las cosechas, cuidar los ganados, compartir los conocimientos y ayudar a la ciencia. Es el gran avance de la humanidad. El hombre y las máquinas, pero, como suele ocurrir, la usura se apoderó de ellas, y una parte del universo digital se ha convertido en un estercolero, el lugar donde lavar las conciencias, donde exhibir los egos escondidos. Donde el debate termina en la descalificación. Donde se encriptan signos confusos y enunciados inductivos con el fin de desconcertar, de encubrir una realidad para asumir otra distinta, el espacio perfecto para los vendedores de humo, pero algunos aún tenemos la capacidad de discernir y hacer extenderse nuestros micro mundos donde las fuerzas oscuras no tienen poder. Y, allá, las primeras luces del día están cargadas de frases antiguas con las que los druidas descifraban mensajes de la naturaleza. Los buscadores de tesoros, mientras tanto, siguen tras las quimeras, inmersos en el canto de las sirenas sin cera en los oídos, y, mientras, construimos mundos perdurables, espacios para otros que vendrán, aferrados a lo efímero, a lo implícitamente tangible y perecedero que es nuestro paso por aquí. Por eso no dejes tus armas, tu coraza y tu coraje, no creas en nada que tu intuición no vea como certeza.
Las
azofaifas ya emprendieron su camino, en septiembre darán sus frutos, ahora el
verano avanza, es junio y estos días aún son frescos, los árboles están tupidos
de verde, inundan la plaza de sombra y aún perdura su aroma, el de los tilos.
En sus ramas, entre la frescura, pian los polluelos de los gorriones y las
palomas se entrecruzan por los pies de las gentes picoteando las minúsculas
semillas atrapadas en las juntas de las losas. Es el universo paralelo, es
donde se vive, donde se respira la tierra, es una realidad desapercibida, en el
otro encontramos el desamparo, los inocentes acusados, los ladrones
acaudalados, las risas de los convictos, el uso ilegítimo del espacio público,
la añoranza de lo que fue y la indignación de lo que queda y lo que dejamos,
las cosechas extensivas que diezman las tribus y que sin abnegación acumulan
las semillas como símbolo de poder, el amontonamiento de los ganados, el
hacinamiento de lo inservible, los inconformistas comprados, revoluciones
apagadas con promesas incumplidas. Y, para vencer el peso del desengaño y la
decepción, paralelamente, se esculpen en las conciencias doctrinas panteístas
sustentadas por fabricantes de sueños para persuadir a creer en su propio
concepto de felicidad. ¿Quién hizo todo esto? ¿Quién creó ese segundo universo?
Leonard Cohen dijo; "Encerraron a un hombre que quería dirigir el mundo.
Los muy idiotas encerraron al que no era".
Todo
es fruto obtenido de la tierra, incluso la inspiración en el sentido físico y
metafísico, y ella -Gaia-, por el contrario, vuelve noblemente a dar sus
frutos, pero, la arrogancia de muchos seres enturbia los sentidos de los otros
y actúa con enojo contra su grandeza.
Nos
volvemos entonces increíblemente fugitivos de los olores que despide la
naturaleza, de sus íntimos colores y de su abrazo. Importa poco lo ajeno, su
espacio, con tal de llenar sólo el nuestro. Así se hurta el futuro impropio. El
concepto de felicidad de este siglo reside en poseer, en tenerlo todo obviando
compartir el ser único e irrepetible que llevamos a nuestro lado y que nos
hicieron invisible, y, ¿cómo fue? solo nos hicieron desviar la mirada hacia el
ojo de Sauron, Annatar, el señor oscuro, Gorthaur, El Nigromante, a la distopía
de George Orwell. Asi los prófugos del tiempo, -porque hay quién vive sólo en
el futuro-, corren en busca de quimeras instigadas cruelmente por los infames
jefes que gobiernan mercados y países, sin vivir las horas, atrapados en la
desafortunada prisa de vivir sin remedio ajenos a la bondad de la naturaleza
humana, despegados de la compasión y despechados de la tierra. Si hubieran
olido las madreselvas adornadas de la música de las aves tras las lluvia con
acento de olor húmedo, quizás reverdecerían sus dormidos valores de compasión;
("Sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de
alguien") Dalay Lama (digno de respetar [de respetar porque los
pensamientos, ideologías o creencias que su fin es adiestrar no son dignos de
ello] pues su pensamiento no pertenece a las doctrinas impositivas, si no, todo
lo contrario, una forma opcional y terrenal de entender e interpretar la vida,
una enseñanza de sabiduría más entre otras) habla constantemente de ello como
la "virtud sanadora o salvadora" de los feroces despropósitos y
ataques de esa parte de humanidad actualmente dominadora.
Las
sociedades verdaderamente libres, de democracias absolutas, aún están lejos de
llegar, la mayor parte de ellas están subyugadas a los caprichos de un
capitalismo ciego, excluyente, insolidario, carente de empatía y de compasión,
cargado de teorías hoy insostenibles que, por intereses contrarios a las
necesidades de los pueblos y afines a las de los gobernantes, (que no son sólo
de la clase política) son consideradas efectivas para ponerlas en práctica sin
tener en cuenta la erosión social, ecológica y biológica que originan, claro, y
siempre en favor de ese lucro que provoca la extinción de bienes comunes de
todas las naturalezas, incluso aquellos que durante miles de años quedaron
imperturbables. Hasta las estaciones del año van desapareciendo, cuando hacía
frio ya no lo hace tanto y cuando hacía calor, ahora es el doble, incluso,
entre otros, los cerezos florecen antes, las hojas del otoño se quedan en las
ramas hasta bien entrado el invierno, algunas aves no emprenden su migración,
viajan más cerca o más lejos, según, en otros casos cambian de hábitat.
La
forma de actuar de buena parte de la humanidad desarrollada, actualmente, se
podría enmarcar en una esfera puramente infantil, desproporcionadamente ingenua
e inmadura, la creación de cualquier obra está, en su mayoría, exenta de
valores críticos, lejos de ser revolucionaria y cargadas de amabilidad y al
mismo tiempo de violencia como signo de civilización. Las grandes obras de
siglos atrás, cuando aún el capital no llegaba a los límites actuales, por
ejemplo; en la esfera de la música, estaban llenas de frases e indicaciones
señalando directamente al espacio íntimo de la persona, al tan necesario
recogimiento interior, a las soledades de la reflexión, a los lugares donde el
poder no puede llegar, a la razón. Un refugio del devenir desordenado de
algunos días, una excusa para mirar las nubes, para descifrar códigos secretos
y exteriorizar el "alma". Obras que han perdurado hasta hoy y que
abrieron paso a la transformación y al desarrollo dando origen a otros géneros,
apareciendo entre ellos algunos de pobres estructuras armónicas aún tribales que
las industrias del capital supieron captar y aprovechar como mercancías muy
beneficiosas y adornar así sus productos con ellas, son necesarias, sobretodo,
para los ejércitos de Sauron y con las que las tropas de Orcos van a la guerra.
Tan pobres de armonía que no incitan al pensamiento ni ayudan al
enriquecimiento interior. Tienen su valor, claro, pero son convertidas en el
vellocino de oro de las compañías que las esgrimen como un único símbolo de
modernidad, de avance, con constantes sobredosis auditivas sonando al mismo
tiempo en cualquier lugar de la tierra, con ellas suplen aquellas sensaciones
por emociones y percepciones generadas mediante un predominante sistema
embaucador, y asi, excluir las primeras y persuadir de aquellos efectos
guiándonos hacia un pensamiento único mas fácil de gobernar, creando para ello
una nueva semiótica plagada de signos dirigidos hacia esos estratos sociales capaces
de engullir todo lo opuesto a aquello y, ante la ausencia de esas emociones,
manejar la noble esencia de los pueblos, dirigirlos hacia otros hábitats de
ocio insostenible y mercantilista, frenético, devastador, similar al de la
masificación que padece el actual turismo depredador de recursos humanos,
sociales y naturales, incorporándolas como otro medio más solamente lucrativo y
muy beneficioso para solo algunos, como siempre. Imaginemos cómo sería este
mundo, si, en el caso contrario, se hubiesen tomado como modelo de referencia y
apareciesen en las grandes listas mundiales de oyentes; el clasicismo, el
romanticismo, el barroco, Samuel Barber, Henryk Gorecki, Arvo Pärt, Alfred
Schnittke, incluso la música atonal, o, la del siglo XX, el rock sinfónico, o
en otro género, quizás Bill Evans, o, también los "malditos" Klaus
Nomi, Holger Czukay o Walter Carlos, o puede que Donovan o Tengerine Dream,
Ryuichi Sakamoto o Klaus Schulze. Hilario Camacho, Amancio Prada, Atahualpa
Yupanqui, Alfredo Zitarrosa, José Larralde, King Crimson o Pink Floyd, y asi
una larga lista de discursos totalmente distintos y contrarios a aquellos que
se sitúan en esas listas en las que al obtener ese puesto, se erigen como baluartes
de una música introducida ferozmente en un sistema puramente económico y
explícitamente inductor y excluyente.
Así
es todo, impera la máxima del descrédito de lo ajeno para lo propio. Pero, eso
es, todo eso ya lo sabemos, habrá que empezar por uno mismo. Cuando descubras
tu verdadero "espíritu" -no en el sentido teológico- podrás beber de
él, brillarás con tu "propia" luz.
Empecé
hablando de las azofaifas, de las ramas de los árboles, del bosque, es curioso
que al cruzarse con alguien desconocido en el bosque se saluda deseando buen
día, es el mejor ejemplo de la bondad y sabiduría que transmiten los árboles.
La naturaleza brilla porque siempre incansablemente busca el equilibrio y, en él,
reside la belleza. Esa fórmula la comunican como un mensaje certero para que
nuestros actos sean similares y nuestros senderos desemboquen en la siempre
nombrada Ítaca. Mientras, por el sendero nos vamos encontrando con los señores
de la bendita y necesaria soledad, los vigías de tu tiempo, nuestros vestigios,
el futuro de nuevas generaciones y las señales que marcan veredas que conducen
a lugares seguros donde arribar. Son árboles, son seres ancestrales, son el
tiempo hecho materia. En ese camino estás, rodeado de la plenitud que en
tiempos oscuros se vuelve invisible ante aquella manipulación. Otra vez te
dije; "Te cubrieron de hojalata para que tras ella no germinases y de nada
sirvió".
Hay
huellas que, si las sigues de cerca, te conducen a minúsculos paraísos, a
lugares donde otear el horizonte, donde impregnar las retinas de verde.
Recoger
la hierba seca como frases esparcidas, como recoger la espuma de las olas, como
siempre invadido de olor, así eres, amarillo de sol y olor que frecuenta la
memoria. Los días van segando los cereales silvestres, los sueños que quedaron
atrás, así se llenan los márgenes de los senderos, de tallos secos que serán
abono con la lluvia, con el estío, con el barro, con los escarabajos. Otra
belleza diminuta, otro firmamento de estelas que el tiempo dibuja sobre la
fértil tierra. Son para ti, son para el futuro que también aguardas sin saber
porqué ni cuándo. Jilgueros y mirlos se enraízan mientras entre la brisa, entre
las acacias y el drago ponen sus notas sobre las que cabalgan veloces
golondrinas pasajeras que marcan el tiempo, respirando insectos que sobrevivieron
otra estación. Viajé sobre sus lomos, abrazado a sus alas, hasta otro
continente donde hablan otras lenguas y también luchan por la vida como aquí. Y
trajeron el barro eterno para construir su nido ahora rodeado de fragancias. No
conocen la intolerancia y si conocen los caminos sin fronteras que en la noche
marcan las estrellas sobre los mares que separan países lejanos entre sí.
La
riqueza reside en el equilibrio y en éste la belleza, el drama es la
subsistencia al igual que el de la humanidad. Cuando sopla la brisa fresca
cargada de aromas y mece las ramas de los árboles intactas de la mano del
hombre, se rascan las hojas y suenan a verde, nace esa abundancia. Los seres no
somos diferentes, no somos inmunes a la manipulación por creencias a favor de
la usura, ni al constante alejamiento de la naturaleza en el que, ante su
ausencia y en su lugar, se implantan extemporáneas, impropias, inoportunas
culturas basadas en la destrucción y monopolización para el uso exclusivo de lo
ajeno, del bien común, y, así, quebrantar sistemáticamente las leyes que nos
trajeron hasta aquí, sin constatar nada, con la sola cómoda experimentación de
lo virtual que simula la naturaleza, con un puñado de actos de fe, sin
agradecimiento, porque ello no son sólo palabras, si no hechos. Sin caminos ni
senderos, agarrados constantemente al volante del carro con el único
pensamiento en llegar. Ojalá tu viaje tenga eternas paradas, fondas donde
abrevar tus corceles y compartir las horas de descanso, donde volar sobre
valles plagados de nubes verdes mojadas de extensos bosques, donde amanecer
arropado esperando el pan recién hecho, con olores de invierno o de hierba seca
mojada, con el enebro resquebrajado exhalando desde su interior ese olor tan
antiguo, también somos enebros esparcidos sobre la tierra esperando la lluvia,
en espacios donde en silencio conversar con las rocas que desprenden sabiduría,
también eres roca, y, tiempo impregnado de días largos y cortos. Podemos
caminar sin manipulación mediática y desinformación, sin transformación de la
semiótica del arte, de las ideas libres o el sentido común para usos
exclusivos, con el único fin de excluir la incursión de los pueblos en
política, en la gestión de sus propios bienes, en el camino llegaremos a
excluir los signos que solamente nos disuaden, porque entretenidas las tribus
las ideas se petrifican y quedan, sin violencia y con exactitud, inertes en el
vacío de iniciativas, en la fosa de Tánatos donde yacen los libros quemados en
1502. La naturaleza no necesita manipulación ni transformación, solo dejarla
que se extienda, ayudarla, así también es la naturaleza humana; un cosmos
reflexivo sometido a transformaciones, hoy, muchas de ellas, provocadas por
tensiones de naturaleza artificial capaces de cambiar comportamientos innatos y
desarrollar al mismo tiempo violencia y rechazo a los semejantes, arrasando los
campos y los bosques, apiñando los rebaños en inmensos rediles, arrojando
veneno a la fertilidad de la tierra, extinguiendo las alimañas y encerrando a
Fauno en un escaparate para el mercado de recuerdos. Y, esto no es más que una
página más en el diario del programador supremo, como decía al terminar el invierno
con "El Eslabón Recobrado" en 1974 "ciclos" de los
Canarios. Sic: “cada cripta surgió un principio y un fin y ciclo de ciclos, una
página más en el diario del programador supremo…..”
Entre
las hojas, las ramas, el verde, se asoma una ventana que abrió un futuro, el
legado de otra belleza oculta por la banalidad, (que habría que redefinirla),
que lo encierra en el olvido.
Abu Zakariyya b. Hudhayl
A
través de mis oídos puedes escuchar el murmullo del río ahora que no estás. Y,
quizás, oler las acequias que aún quedan y que riegan las fértiles almunias,
custodiadas por los sauces, madreselvas, rosales silvestres y nogales. Sus
aguas siempre han regado las alquerías y los huertos convirtiendo aquello en el
Al-guta de Damasco donde paseabas por mayo con la última brisa tras el descanso
concedido por los Sultanes de las casas Qays Aylan, Abs b. Bagid, Ashcha b.
Rayt y más, después de que Abd al Aziz conquistara Elvira y que Muhammad Ibn
al-Ahmar cambiase su residencia a la colina roja, llegó otra civilización y
desde ella brota mi agradecimiento por el extenso legado y la nostalgia de un
tiempo casi olvidado, recogido en algunos libros para la memoria de solo
algunos interesados en ello. Desde entonces se fue instalando una nueva cultura
sobre aquella con otros códigos éticos que favorecieron el desamparo de esa
riqueza y de los valores que la sostenían transformados por los siglos en
superfluos, esa pérdida nos lleva, incluso, a perder la atención a lo ínfimo
que queda relegado ante la apariencia de verdadero de lo que actualmente nos
rodea constantemente, la vida real parece haber pasado a un segundo plano ante
la magnitud de la virtualidad que nos une en unos segundos, la instantaneidad
sumerge el pasado y con él la enseñanza que trae consigo la historia, en su
defecto, germina incapacidad para la comprensión del presente y estancamiento
de un modelo de sociedad ahora atada a reglas espurias que evitan lo que es
racional para algunos y lo irracional para otros, aumentando la disminución de
capacidad creativa para todos, anegada bajo un estado de bienestar caduco, lo
cual, genera sujetos inducidos, parcos e inmaduros, sujetos a esos nuevos
"dogmas" atraídos por una tecnología más bien mal usada, sin
compromiso alguno con la solidaridad, con el respecto, con la reciprocidad, con
la generalidad de pensamientos y creencias, con las causas que nos llevan hacia
un colapso climático, con la empatía reducida a una sola pulsación con la punta
del dedo medio sobre la pantalla.
Nos
rendimos ante la grandilocuencia de hechos que se suceden uno tras otro en
escasos minutos y que transcurridos pasan al olvido, algunos de ellos, a los
anales de la historia para reverenciarlos como conquistas de la humanidad, sin
sentido. Pero la única conquista eres tú, el sentido de tus sentidos, los
cuatro elementos que cabalgan, los cuatro egos al unísono. Pero bueno, los
tilos florecieron, y ahora dejan caer como una llovizna sus minúsculos pétalos
que con la suave brisa se van llenando las rendijas de las losas y los recodos
del empedrado, de amarillo, como anuncio de la llegada del verano, su aroma
trae instantes de otras épocas que viajan a lomos de su perfume, el olor de los
recuerdos que siembran futuro en tiempos inciertos donde la mentira, el engaño,
lucen como verdad, donde la desidia abre camino a la incapacidad con la que se
marcan los designios. La fortuna no está en esos sustantivos, si no en los días
que percibes la brisa, las frases de las aves, tus latidos que son la voz de la
tierra, la hierba fresca que es tu antecesor aunque no pienses como ella. El
maracuyá, que vino de América Latina, ha despertado y luce toda su explosiva
belleza esculpiendo flores exuberantes. El azahar se ha transformado en
pequeños frutos aún verdes. La tarde se volvió gris y fresca, el almuerzo fue
delicioso como la compañía. El café trajo el sosiego y los pensamientos de la
tierra. Mientras dejé sonar a Alfred Schnittke.