lunes, 16 de octubre de 2017

Lo que le ocurrió al pajarito, al rayo y al bodegas


La noche anterior había caído una intensa nevada, desde la ciudad y al atardecer, la montaña aparecia con la luz invernal de Sulayr, rosada y fria, enigmatica e inaccesible, como un sueño fantástico que emerge de otro tiempo. Al observarla y pensar que al dia siguiente seria el objetivo, la inquietud que produce lo desconocido se apoderaba de todos los pensamientos.
Brillaba el sol elegante y frio, nitido como un espejo sobre el blanco azulado de la nieve, las pisadas se hundian profundas, nos turnabamos para abrir camino y el cansancio poco a poco se adueñaba de cada uno de los tres. Era noviembre y, tan solo, en aquellas alturas, sobre aquel manto blanco, asomaban algunas rocas milenarias que guardaban impasibles secretos de otros tiempos. Sobre una de ellas paramos para tomar una bebida reconstituyente, unos polvos que mezclados con agua se transformaban en un caldo milagroso de cola, "farmacola" recuerdo que era su nombre, no se si realmente producía algún efecto, pero lo que si era claro es que tras su ingesta la energía volvía al cuerpo y las  fuerzas para seguir adelante surgían como si del "ave fenix" se tratase.
Las botas eran de cuero bastante rígido, las habiamos embadurnado de grasa para hacerlas aún más impermeables. La ropa de abrigo de lana gruesa y franelas, los calcetines altos y gruesos, un impermeable y manoplas, la mochila de una lona fuerte y rigida, el piolet de madera.
El dia iba avanzando y aún quedaba camino para llegar al refugio situado en la arista. Las botas y las polainas habían dejado pasar algo de humedad, la nieve en algunos tramos llegaba casi hasta la cintura haciendo cada vez más difícil avanzar, era ya más de medio dia,  nuestra mirada y nuestro pensamiento estaba en la mesa de madera en el refugio al calor del fuego del infernillo y reconfortados por el sonido de la llama. Ningún otro pensamiento navegaba entre las sienes, el resto del mundo en esos instantes era un espejismo imperceptible y su ausencia enriquecia el alma que tomaba alas para surcar un firmamento blanco y azul donde la subsistencia como en tiempos remotos era la única meta.
Pronto la tarde se impregnó de colores púrpuras y rosaceos de la mano de una brisa helada, el cielo se llenaba de un azul cobalto aún mas intenso que poco a poco se llenaba de lentejuelas, de diamantes colgados del espacio, el lento caminar abriéndose paso entre tanta nieve hacía que el refugio estuviese cada vez más lejos. Decidimos subir directamente hacia la arista entre los canutos de nieve y una vez arriba, seguirla toda para llegar al refugio y asi evitar el cúmulo de nieve. Al llegar a la base para iniciar el ascenso comenzó a caer la noche, a cada dos pasos hacia arriba caiamos uno hacia abajo, tuvimos que ayudarnos para remontar algunos resaltes rocosos, la subida se hacía interminable y el cansancio al igual que la gélida noche se adentraba hasta los huesos. Aquél azul del cielo desapareció, se llenó poco a poco de incandescentes galaxias que fueron desapareciendo con la luz de la luna. Al llegar a la arista divisamos el refugio entre las sombras de las rocas, era inalcanzable por la fatiga y la noche que lo hacian aún más lejano. Allí cerca encontramos un abrigo entre las rocas para pasar la noche. Era una laja plana junto a otra roca que servia de abrigo en uno de sus laterales, sin nieve y seca con el suficiente espacio para los tres, un navío solitario en mitad de una gélida noche oceánica. Hubo que quitarse la ropa húmeda y meterse en los sacos de dormir que, para una noche de verano, eran magnificos pero, para esas alturas eran como una fina sábana, tan solo teníamos una funda vivac que decidimos que la usara quién estaba mas expuesto al exterior, la ropa húmeda la dejamos sobre la roca y el único calor que podíamos tener era el de una de las velas reservadas para el refugio, el frio hacía que continuamente moviesemos los pies para calentarlos. Sobre nuestras cabezas el firmamento limpio y brillante alumbraba en la lejanía nuestro destino y nuestro pensamiento se negaba a dejarse embaucar por aquella fuerza desconocida que impedia, entre aquellas rocas, que llegase Prometeo con el fuego robado y que Zeus prohibió a los hombres para que le necesitaran. Entre los movimientos de los pies y las divagaciones tras consultar al oráculo sobre el último dia, apareció aquel fuego tenue, que poco a poco fue haciendose brillante y cálido hasta entrar en nuestros gelidos huesos, saludamos a Hemera, salimos del saco de dormir en su busca, la ropa se quedó rígida, congelada y hubo que esperar a que aquel sol la volviera seca para abrigarnos nuevamente, mientras comimos algo al abrigo de tan bienvenido astro, su caricia quedó impresa en la memoria para siempre, por fin el cosmos se puso de nuestra parte. Emprendimos el regreso entre placas de hielo por los tajos del nevero donde habia soplado el viento y había despejado de la nieve caída dejando el hielo, tan azul, que en algún momento se confundía con el cielo. De lo demás ni me acuerdo, el pensamiento se quedo atrapado para siempre en aquella arista.


1 comentario:

  1. La relación entre la blancura de la nieve y el tiempo que parece detenido está conseguida. Siempre hay algo de nosotros que se queda entre las aristas de los días...

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