Me adentré en la piel de la tierra y se desvenacieron las percepciones que quisieron adueñarse de mi memoria, las que me llevaron a aquel lugar y que si no hubiesen existido, quizás no habría pisado nunca aquellas alturas. Allá, mientras hacía un alto en el camino, vi nubes azules que tejian caminos de luces etéreas que nunca se disipaban, de grises nieblas húmedas de silencio tras la que se escondian fortalezas gigantes rodeadas de enormes barrancos por donde ascendian fragancias que sobrevivieron a los tiempos. Subía aire nítido cargado de presagios recien descubiertos, escondidos como un tesoro al resguardo de la devastadora humanidad.
Por allá sus habitantes no conocen el desconcierto y abren la palma de sus ramas todas las mañanas para recoger el suave calor que trae la primera luz, ajenos e ingenuos a la codicia y miseria donde habita el mundo.
A veces y a cada paso me parecía ser alli un extraño invasor que con el chasquido de cada pisada perturbaba aquella armonía milenaria o, que la respiración se acoplase al sonido del viento apagando la música de las aves.
Las magnitudes no sólo pueblan el firmamento, también habitan en la piel desconocida de la tierra como santuarios y testigos de la eternidad, como señales vivientes de la existencia e inspiración para la capacidad sublime de creación de los seres que la habitan y que no se deslumbran buscando el averno donde no se acercan los pájaros.
Asi es el océano de las alturas, plagado de deseos de permanencia, de continuidad, grandes ausentes del devenir de las urbes donde se construyen cielos artificiales que crecen a sus pies indiferentes a su grandeza. Inaccesibles cuando se alían con la tormenta y benévolas cuando se descubren para exhibir su belleza, atalayas donde se guardan los secretos de la supervivencia y del principio de los tiempos, también vulnerables al desconocimiento y a la deshumanización, a la codicia y a la arrogancia. Pero, a pesar de ello, seguirán ahí vigilantes aguardando la llegada de los seres que empuñan la nobleza, la lealtad y el respeto. Allí podrás estar, oteando el horizonte claro, orgulloso de enfrentarte.
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