He pasado muchas noches al calor del fuego bajo las estrellas, unas veces con las mejores compañias y otras en esa deseada soledad, abstraido por la luz del firmamento, abrigado con las llamas azules y, amarillas cuando intentan elevarse partiendo como cuchillos el frio de la noche. En ese instante la fantasía no es tal, sino otra realidad al margen del resto del mundo. Una forma de inadaptarse para crear lo que nunca ha existido, entre el crepitar de las llamas, los chasquidos de la madera, la brisa y, alguna melodía de Jon Anderson que muy de fondo sale desde el reproductor para incrustarse en la bóveda estelar, donde Jackson Pollock dejo incrustadas sus estrellas. Quizás ahí empezó todo o la memoria lo guardaba para desencriptarla y esparcirla a la hora en que el sopor del tiempo despierta.
He sido hasta hoy alimentado por la música de los rios que crecen con el deshielo de las nieves, la lluvia, la música de los Ainur, despojado de todos los males por las luces de la tarde donde viaja la sabiduría del mundo para ofrecerla con todo su esplendor sin pedir nada a cambio. Salieron a mi encuentro caminos ásperos de soles implacables, otros, mullidos, cargados de aromas que hicieron despejar de la mente cualquier duda, para que, cuando lleguen las preguntas, acuda a ellos. A la luz de la luna, entre claros de nubes y lluvia intermitente, con la respiración agitada entre pasos húmedos sobre las rocas, también se abrieron alamedas que me trajeron hasta aquí. Siempre vuelvo en busca de respuestas donde aún sigue la montaña del sol, Sulayr, buscando las hondas que un dia dejó en el aire el -Elements- de Robert Schroeder que entre las rojizas ascauas se elevó sobre las cimas y con ellas una parte de mi que siempre va y viene cuando sopla el viento o cuando arrecia el frío, cuando las ideas de disuelven en los vacíos de algunas horas para llenarse nuevamente de aire fresco.
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