El epicentro del ser, donde reside el amor, creo que empieza a ser dañado desde las fastuosas avenidas de la superficie que como tal, solo son eso, lo superficial, lo banal que interfiere en las emociones y tergiversa su sentido haciéndolas indisociables de la cognición y dejando la lucidez al amparo de la desorientacion de la realidad. Cada vez, en esas avenidas donde crece la opulencia, se escuchan más y más acordeones a ras del suelo pidiendo monedas a ritmo de tango sobre una especie de banquetilla y una medio caja de zapatos que sirve de contenedor para la plata, la calle se llena de notas que ponen música a los cientos de luminosos que las pueblan y que embaucan las ingenuas miradas de viajeros en busca de algo nuevo, algo que llene el vacio existencial ante la nada de los suburbios donde se injertó lo trivial y la necesidad de mantenerse, la busqueda de la libertad suplantada por los sueños que los fabricantes anuncian encubriendo agresivamente sin descanso las percepciones innatas que el ser capta de la naturaleza.
Del blanco y negro del inframundo donde habita Tártaro, pasamos al lugar sagrado donde las almas inmortales de los "virtuosos elegidos" por la desidia, la ignorancia y la alienación de los ejércitos que pueblan la tierra, han de pasar la eternidad en una existencia dichosa y feliz, a todo color, adornado de una música fácil que tras escucharla mil veces se convierte en un irracional himno nacional que ameniza el camino para alcanzar la rueda de la fortuna, el progreso para tener en vez de ser y la decadencia. Pero ante todo, es el deseo de la mayoria encontrar la felicidad envueltos entre los destellos de neón que disfrazan la codicia de generosidad y, para ello, se exterminan las humanidades, la filosofía, el arte y todo aquello que pueda enriquecer la condición humana.
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