miércoles, 28 de febrero de 2018

Otro camino

La primera luz de la mañana hizo brillar los cantos de los pájaros, alumbró las secas ramas de invierno de los robles convirtiéndolas en plata, besé el árbol milenario que siempre espera al borde del camino y me dió cobijo en sus entrañas. Con tanta luz pensé en qué  clase de ocaso  vive la humanidad inmersa en este desorientado espacio sin luces y asomada a un abismo, pero, si acaso te invade esa sombra, vuela como las grandes aves a las alturas.
Ahora el rumor del río, el blanco puro de la espuma que salta entre las rocas me empuja camino arriba. Caminar lento, pausado, son las dos únicas  palabras que me acompañan, también  el horizonte nítido de cumbres heladas, el sonido del agua en la lejanía y el latir del corazón acompañado de los silbidos melódicos de las aves, de latidos llenos de vida, de palabras enormes que retumban en el silencio de la vereda tan solo interrumpido por el roce de la brisa entre los árboles. Desde acá arriba, desde esta peña que los siglos ha conservado para contemplar la energía de la naturaleza que nos acoge, llega el bramido de las aguas que deja caer el deshielo prematuro. Desde aquí la humanidad aquella ya no existe, tan solo uno y lo que uno más quiere.


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