Los Ents
Anduve entre centenarios supervivientes por veredas sagradas que no necesitan ser profanadas por al afán de lucro. Son la evidencia de la existencia y los guardianes del tiempo. Nuestro paso a sus pies, entre sus ramas, bajo el olor a líquenes turquesas y de plata, es sólo anecdótico.
No esperan nada, sólo saludar al amanecer, mitigar la fuerza de la lluvia, cobijar la nieve entre su brazos y darle hogar a las aves, mientras, alimentan y se alimentan generosamente de la tierra y la visten de olores húmedos, de amarillos y naranjas perfumes.
A la noche apuntan con sus dedos leñosos a cada astro que aparece, circundan las galaxias mecidos por la brisa, lanzando al cosmos la música de las hojas que rozan y rozan, que bailan cuando la luna las mira mientras cuentan las antiguas historias de cuando los Ents tomaron Isengard.
Las lejanas y altivas cumbres forman torrentes que en una maraña de hilos brillantes, nitidos y limpios llevan entre diminutas cataratas a sus pies con un runrún casi eterno y cristalino, de olor a musgo, de ocres helechos que rodean sus riveras.
A la mañana recién estrenada volví a abrazarlos, a escuchar su savia discurrir entre sus troncos, a escuchar las hojas caer, a vivir aquello que surgió al principio de los tiempos y que aún existe.
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