jueves, 5 de diciembre de 2019
Barro
Pisamos el barro, húmedo de hierba pura, con reverencia, con sigilo, sin quererlo molestar, sin quererlo despertar de su sueño eterno, sin interrumpir que los vapores de olor a madera mojada dejasen de ascender al cosmos donde habitan los milenarios seres que acojen cada mañana los primeros rayos de sol, cargados de hojas translucidas de verdes y ocres sonidos cristalinos que vuelan mecidas por el viento y, danzando en sinfonia, van posandose delante de las pisadas.
Pisamos también piedras ancestrales, guardianes del tiempo y brújulas de los senderos, cobijo de seres amables y linderos que marcan el rumbo, a veces brillantes como espejos tras la lluvia y asiento para descansar el aliento, olorosas y cálidas en eterno reposo, protectoras y gendarmes de la tierra, las que marcan el rumbo de los arroyos y tallan los abismos. Ejercitos amontonados como cascajo sobrante tras la batalla de la creación y, así, hasta llegar a lo más alto, donde se unen las aves con las nubes y el firmamento, donde se engendran los días y las noches, tan colosal y tan frágil ante la presencia de la codicia devastadora de la humanidad, ante la creencia subyugadora de que somos barro que cruza las fronteras de los siglos.
Nada de eso nos pertenece, de la tierra nada nos pertenece, ni tan si quiera lo que somos capaces de crear es nuestro, incluso la razón y los pensamientos que surgen de la mirada, de la contemplación sobrecogedora de su belleza que se extingue envuelta en papel de regalo. Aún me quedan tardes y mañanas luminosas húmedas de invierno y secas de verano, de olores ancestrales, de galaxias por recorrer, de recodos en senderos donde detenerse y agradecer haber podido respirar sus colores, haberme dejado discurrir por ellos en el silencio de los pasos, al abrigo de las rocas, al frescor de las riveras, al camino tierno tras las lluvia, a su verde barro.
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