Al borde de aquellas veredas se asoman bosques que se asemejan a las multitudes pero, con la diferencia de que, ellos, siguen los latidos de la tierra y las muchedumbres el ritmo de los profetas. Los unos baten sus ramas de rocío caido al son de la brisa recien levantada y riegan la vida que mana de sus pies, los otros baten sus brazos y palmean a los impostores. Diferentes naturalezas dentro de una misma y, me pregunto; ¿cual es la sabia y cual es la savia que alimenta a cada una?
Aguas arriba van desapareciendo los ejercitos de robles, pinos y encinas, van quedando atrás los enebros que, extienden sus tortuosos brazos sobre la tierra, más adelante se abren praderas de tonalidades verdes desconocidoas entre gendarmes de roca marrón y gris hasta que se cubre todo del silencio y la brisa que silva entre los rincones con la esperanza de que la escuches. Solo estás tú en la lejanía, recogiendo pensamientos esparcidos huidos desde el inicio de la existencia para reencontrarte tras recorrer otras galaxias que desde aquel génesis desconocido y remoto partieron para atracar en tus adentros. Y luego vuelves, desciendes, allá quedaron anhelos que no existirían si no te rozases con este otro mundo que se va diluyendo lentamente entre los residuos de nuestro paso.
Mañana volveremos allí otra vez a respirar el oxígeno primigenio que como una ola gigante nos envolverá en los olores perdidos que la memoria no recuerda ya. Sin embargo, acá, desde el balcón, la naturaleza es distinta, por las calles al doblar las esquinas florece la telúrica violenta dictadura que riega los bosques de gentes desorientadas que buscan horizontes perdidos.
Después, regué el limonero y el naranjo y, mientras se impregnaban de la savia mutante que nos dá la vida, la fragancia del azahar me devolvió a aquellos senderos.
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