Aquella noche las
pavesas incandescentes ascendían incrustándose en el espacio entre los puntos
luminosos del firmamento como luceros resplandecientes, antes de llegar,
mientras caminaba hacia allá entre los robles, cogía raíces y ramas secas que
iba dejando sobre la mochila. Al filo de un bancal y de una hilera de árboles
se hizo la noche silenciosa, la pequeña hoguera ardía e iluminaba tan solo unos
metros alrededor. El crepitar del fuego se mezclaba con la brisa y el aletear
de las hojas casi secas de aquellos robles, mientras los pensamientos viajaban
entre la luz azul, naranja y amarilla y los espacios en blanco que quedan ante
la ausencia de más percepciones.
Mi diálogo era entre el fuego al que alimentaba con alguna rama seca que arrojaba de vez en cuando, con las estrellas que plagaban aquella bóveda y con la soledad de aquel silencio tan solo interrumpido por el lejano discurrir de las aguas del rio que al fondo del valle inicia su ancestral viaje. Cuánta gente se asomaría a verle y oirle desde aquel lugar pensé, y la vida que entonces habría por aquellos solitarios lugares. Cerca existen unos idílicos prados salpicados de corraletas y restos de lo que en su día eran tierras de labor donde se cultivaba el centeno y la patata copo de nieve, también cerca del bancal aún están los hoyos donde se guardaban las patatas para el invierno.
Al día siguiente, el pastor que a media tarde llegó al cortijillo que hoy más arriba aún queda en pie, descubrió uno de ellos sacando de su interior un puñado para freírlas en la lumbre con tomates que en botes bien cerrados había conservado. Pensó que debía haber pasado mucho frio durante la noche en aquel lugar y me invitó a comer de aquella sartén tan espléndida y sencilla comida. Iba lo suficientemente abrigado para pasar la noche además de la compañía que me brindó la pequeña hoguera, así se lo hice saber, después la conversación transcurrió sobre lo duro que era el sobrevivir en aquellos parajes en este estúpido mundo que vivimos donde solo prima la codicia y el afán de lucro que profana la esencia del individuo, esta fábrica de estúpidos esclavos que como una descontrolada masa de polillas incapaz de rebelarse contra toda forma de coacción e imposición y que horada de tal forma que llega hasta las entrañas de la tierra, dejando en su interior los infames mensajes que dejan los que presiden por orden divina y que pueblan los sistemas.
Para ahogar aquella desdicha momentánea, aquella pena que te invade cuando observas el mundo desde arriba, sacó una vieja botella de anís llena de vino, entre trago y trago del bendito y reconfortante caldo fue desapareciendo aquella desazón mientras otra vez la tarde se vestía de gala con sus sonrojados atuendos. Con las ultimas luces y antes de la noche, él sobre una peña y yo sobre otra, mientras el perro corría de un lado a otro, silbábamos al ganado arrojando de vez en cuando alguna piedra para separar las cabras de las ovejas, contarlas, guardarlas en la corraleta y comprobar que ninguna se había perdido, después volvimos a la sartén y al vino y más tarde, de nuevo, a mi hoguera bajo las estrellas, alli me encontré otra vez con mi soledad, la querida soledad y no aquella otra que en alguna ocasión se impone devastadora, aquel bancal colgado como un monasterio asomado a las altas cumbres rodeadas de nubes con reflejos azules y marrones, salpicadas de ventisqueros, un mágico lugar de encuentro donde, desde entonces, sin saber porqué me llevan los pies en cada época del año. Quizás para sentir que existo a pesar del paso del tiempo, para sentir la magia del amanecer o del silencio, la caricia de la brisa al sol, las voces del pasado o los presagios del mañana, para sentirte profundamente, amarte y amar todo lo que me rodea. Para poder distinguir un mundo y otro.
Con la primera lluvia después de mucho tiempo he vuelto hoy para ver el bancal, amaneció un día de otoño y con los primeros pasos las primeras gotas, había llovido la noche anterior y los árboles a mi paso daban grandes abrazos de gozo. El olor de la tierra húmeda plagada de colores húmedos, de colores que huelen a hojas secas mojadas. El sendero se abre paso entre ellas como una alfombra de barro gris y marrón perfumado de tierra mojada, los robles también hacían lluvia dejando caer el agua que había quedado entre sus ramas y las pocas hojas que se resisten a caer. Rojos helechos y algún arce con pinceladas de púrpura que se incrustan en las retinas. El cielo azul no apareció, tan solo las nubes y el agua que con su sonido al resbalar entre la hojas secas del camino y sobre las rocas húmedas, invadió el espacio con el silencio, ese que aparece cuando contemplas la lluvia y hace desaparecer el tiempo. A veces era interrumpido por las pisadas, la brisa que balanceaba las ramas de los árboles, las pisadas del ganado que pastaba sereno e impasible y la respiración a veces pausada y, otras, cuando el sendero sube, agitada, así, con lento caminar, con el pensamiento urdiendo fantasías de otro mundo, abrazado al querer, llegué de nuevo a aquella noche de pavesas incandescentes que ascendían incrustándose en el firmamento como luceros.



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