jueves, 9 de noviembre de 2017

La quietud

En la quietud se acogen los discernimientos más sinceros, los que viajan en la nave de lo efímero, los que acoge el alma, ese ente incierto que vaga cuando desaparecen las horas y convierte el espacio en un monstruo que devora al ser o, un en un abrazo cálido de esperanza que asoma en el horizonte y te acoge. La quietud es el amparo, el lugar para guarecerse y encontrar los besos que brinda la noche nítida y cristalina, el rincón mágico bajo los rayos del sol que diluye la tormenta, son mis brazos que te rodean, tus besos y abrazos. 

 En aquel lugar no hay prisa porque es eterno, nos empeñamos en llenarlo de las banalidades que alimentan los días que corren despavoridos hacia un abismo del que aún no somos plenamente conscientes, el abismo del sin sentido, la sin razón, la insostenibilidad, el agravio que le causamos a la tierra que nos cobija y ampara ante la inmensidad que nos rodea fuera de nuestra vista. 

 En la quietud está la razón, puede ser el paraíso, el lugar para encontrarte, y sin embargo es un espacio hurtado por los poderes para convertir ejércitos de fieles con un único pensamiento, sin rebeliones y con un único dios.

En aquél lugar, entre la quietud las almas se funden y los besos se amarran a la tierra, los pensamientos se expanden como notas musicales que salen de las manos conducidas por el alma, al aceptar esa calma se detienen las luchas y se mira con ternura a los demás y a uno mismo, convergen todos los astros que albergan el sentido de ser y los valores despreciados por la infamia que trae el nuevo orden basado en la distopía. En esa calma se fraguan las emociones convertidas en polvo de estrellas suspendido en el aire donde vuelan los unicornios con alas soñadas, la belleza y la creatividad, aparece ahí lo más humano, la reflexión que trata de buscar explicación a aquello que el espíritu no necesita. 

 Y en esa calma reside el mañana que nos enseñaron a imaginar, la que se construye hoy sin pensar en él. En esa estancia quedan opacos recuerdos que aluden a un pasado que señala los otros caminos que se abandonaron y que hoy forman parte de este futuro que vives. Solo llena lo que vives, las emociones, los sentimientos siderales y lo que encuentras en el camino entre destellos fugaces cuando alumbra la mañana, cuando la belleza que produce el crepúsculo te sobrecoge o, cuando sales del extravío y te encuentras. 

 En la quietud está, como un carrusel, la rueda de la vida que en su perenne ir y venir asoma como un espejismo dibujando bosques azules que también poseen alas como las de un animal fabuloso, montañas caladas hasta los huesos del azul de la mañana y del rosáceo de la tarde y, en ocasiones, la desesperanza que posee también el ciclo de la vida. Algunas veces esa calma se vuelve insolente y arrasa como una ventisca, está destinada para aquellos que hacen un alto en algún recodo del camino para respirar y contemplar la belleza que nace en los espacios microscópicos y en los estelares, en la ternura y en el amor, despreciando la ira y el odio que también forman parte del andamio que sostiene el mundo, en esa calma fluye la esencia del ser, el pensamiento al que algunos seres no llegan por estar inmersos en un mundo plano y ficticio hecho a su medida. En aquel lugar suena tu música de presagios y sueños que danzan sin parar entre nubes naranjas y púrpura, que sube hacia espacios donde reina solo el silencio y el mañana que espera imperturbable


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