jueves, 23 de noviembre de 2017

Voluntad.

En el ejercicio de la voluntad se abandona la deidad cosmologica del ser que encubre el miedo. Cuando esta última deja de existir,  cuando caminas ejerciendo aquella, los abismos no parecen tales, solo son las grietas que el tiempo deja como señales de su paso,  la noche es solo un recóndito lugar en el que los sentidos dormidos esperan el hogar que el primer rayo de sol trae cálido, poniendo ante nuestros ojos esa utopía que se habre todas las mañanas en el camino, con los brazos abiertos para recorrerla, sin miedo a los cantos de sirenas, esas doncellas marinas que engañan a los navegantes con su canto o con el silencio que alude Kafka y que hace inservible la cera que ponía Ulises en los oídos. Plagan esos caminos tambien aquellas otras sirenas indefinidas por su autor en su forma y que cambian de aspecto conforme quién las imagina segun Borges.

El fruto de esa voluntad es el paseo del alma por las emociones que se desatan al vencer los infortunios que las asperezas de la tierra en ocasiones deja bajo los pies. La perdida de tal capacidad hace que la desorientación se adueñe de las personas y que las conduzca por senderos, donde las hadas y aquellas criaturas marinas mitologicas adoptan mil formas, convirtiendoles en adoradores del bellocino de oro, sin sueños, con la imaginación sesgada y limitada a los fines de la realidad que imprime el poder. El orientarse es simplemente saber, en cualquier lugar de la tierra que te acoge, por donde se levanta y acuesta el sol, saber que aquello que no has elegido y que te ponen delante de las narices como veleta que señala la dirección de tu camino, es solo el interés de otros, entonces, la voluntad, como algo etéreo llena la estancia de polvo mágico a la espera de ser inhalada en la primera inspiración del dia. Ella me condujo a las mañanas de plata que siembran mi memoria y a las que siempre acudo cada vez que el sendero se empina llegando a la base de los pétreos muros que los dias y el tiempo siembran como prueba de la existencia.

Pero en este tiempo que vivimos ya se ocupan los poderes de los sistemas y la desidia encriptada, de que tal sentido y aquella capacidad queden relegados a un simple acto sin más consecuencias. Si con un solo dedo sobre una simple pantalla se puede saber cual es el norte, el sentido innato se difumina entre destellos y mapas de colores y, la voluntad, a solo el acto de pulsar un botón.

 La pérdida de tales lleva a la ausencia, al desconocimiento de las emociones que produce la contemplación de la belleza que sabemos existe y que se oculta tras aquel deterioro, a la alienación condicioanada por el fasto de creencias inducidas para el ficticio bienestar, a hacernos pensar que aquel mundo donde los rios azules de plata fria, las cimas que surgen entre las nubes como iceberg, el barro que impregna el verde del sendero de olor húmedo, las hojas secas que se levantan a tu paso, el agua que te acompaña con su sonido entre las piedras, la tormenta que con su estruendo hunde la vanidad y aflora la humildad, son fruto de ensueños mágicos de un pasado que quedó olvidado porque, en este su mundo, ya no tienen cabida.







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