Era esa hora en la que el cielo daba las últimas pinceladas y exhibia los colores turquesas de las tardes de esta ciudad. De entre las estrechas calles, con la última luz del día y entre los pensamientos del espíritu, se abre la plaza rodeada de sus viejos tilos, desnudos por el invierno, son oscuras sus cortezas y aún más por el agua de la lluvia, sus ramas extendidas saludan a los balcones de las viviendas cercanas, entre luces y sombras, con algunos faroles ya encendidos, con los luminosos de los negocios a medio gas, los estorninos como uma plaga con su estruendoso piar se agolpan al abrigo de sus brazos y se asoman también a las ventanas, la magia de un tiempo lejano donde los pajareros vendían en el suelo, en minúsculas jaulitas, colorines, verdones, algún jilguero y canarios quedó lejana, hoy, como casi todo, es un infortunio más, debido, supongo, que por los cambios ambientales o de modelos de sociedad. Pero aún puede verse cómo los tilos se mueven con sus ramas cargadas de aves, mecíendolas y cobijandolas para pasar la noche que se va acercando. Con sus enormes brazos herculeos, negruzcos, salpicados de gorriones, los llevaban a beber agua a la fuente donde reina Neptuno que sigue haciendo brotar manantiales, alli está en medio de la plaza asido a su tridente y señalando al cielo con la otra mano, desde la pila salpican dando aletazos a las sibilas y a los gigantones que por debajo lo sostienen. Mientras tanto el pensamiento se detuvo o, nevegué por otros mares, las gentes deambulaban bajo sus ramas de un lado para otro, unos salian y otros entraban en la cafetería, en los negocios que la rodean, totalmente ajenos, nadie se percataba de aquella agitación, de los gigantes vestidos de invierno que albergan tanta vida en sus ramas, en sus raíces, en su tronco, en su sabia milenaria, nadie se daba cuenta de aquello que sucedía, de aquella agitación telurica desafíante al tiempo, de ese instante efímero envuelto del recuerdo a los olores de las flores que desprendian los kioscos de entonces. En un momento pensé que era yo quién estaba distraído, pero descubrí que no era así, que nadie ponía atención a lo que sucedía en la plaza, porque cada cual marchaba inmerso en su pensamiento y ajenos a aquel concierto.
Mientras, aqui me quedé a ver como cae la lluvia.

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