Al cabo del dia son cientos de imágenes las que desfilan ante la vista, percepciones que los sentidos terminan por olvidar. La locomotora de los dias corre sin tregua entre paisajes infinitos de los cuales mañana sólo me acordaré de alguno fugaz y sin sentido, pero hay algo que perdura y se fija en la memoria como si quedase esculpido en la rígida roca, suele suceder cuando la vida emprende una batalla y levanta murallas incognoscibles al borde de senderos pedregosos donde la quietud de los dias cansados de serlo se rompe ante la ambigüedad del presente. Surgen las preguntas sin respuesta que discurren entre la vida y el destino, alrededor de la danza de samsara que conduce al ser humano a reflexionar sobre su existencia transcendente a la experiencia corporal, en ello hay un magnétismo que atrae a los autores con una fuerza especial para construir otros caminos a la humanidad, despejar dudas y encontrar las respuestas que se esconden en el cosmos de la consciencia.
Somos naturaleza y, también el rastro que dejamos tras de si, somos una huella digital, imágenes que vamos dejando atrás como reseñas de nuestro pasado efímero como el dia que se descanece en unas pocas horas. Pero hay hechos que quedan colgados en la eternidad, no sujetos a los algoritmos ni a código binario alguno. Aquel dia, soplaba una brisa fresca muy temprano en brazos de los primeros rayos de sol, el sendero tremendamente vertical hacía que el cuerpo casi colgase de los brazos y, al mirar hacia abajo entre los pies se abría el abismo. Al fondo la niebla matinal se mezclaba con las frias tonalidades del amanecer, el aliento jadeaba al ritmo de los latidos del corazón y las manos echaban sus raices entre las minúsculas grietas de las rocas mientras titineaban colgados de la cintura los clavos y los mosquetones. Nada había en el pensamiento, las chimeneas humeantes parecian haber desaparecido para siempre y en su lugar quedaron impresas en las retinas constelaciones inimaginables que navegaban a velocidades imposibles allá abajo en el vacío, donde gravita la Báraka, hubo un instante en que ya no habia nada donde agarrarse, ni una insignificante grieta y, salté al aire, mientras caía hacia el abismo en un vuelo que parecia interminable y veloz como los pensamientos, nada existía, solo el viento rozando las mejillas y un silencio absoluto, el tiempo se detuvo y volvió atrás despareciendo todo lo tangible hasta que abracé la roca de nuevo. Desde aquella abismal altura el rumor de las multitudes lejanas se convirtió en brillantes cascadas y las banderas en plegarias hondeando al viento los cánticos de los pueblos para persuadir al pasado que no se acomode para siempre. Mientras tanto, reanudado el ascenso y la respiración, a cada lento paso, con la sola compañia del silencio y el oido orientado al céfiro que roza la cara con suavidad para mantener el equilibrio, esperas atento la voz de esa compañía que desde más arriba dispersa el temor al vacío. El momento en el que no hay ni un antes ni un después, cuando cobra sentido todo volviéndose auténtico, sagrado y que al mismo tiempo nada importa. Asi es la naturaleza que nos lleva a descubrir sus ásperos caminos semejantes a nuestros senderos interiores que perduran para siempre marcados por su belleza, de aquellos olores ancestrales y de luces nunca vistas que quedan en la memoria como si quedasen esculpidos en la rígida roca para siempre. Después volví a seguir recorriendo paisajes infinitos de los cuales mañana sólo me acordaré de alguno fugaz y sin sentido.
Somos naturaleza, sí, pero quizá naturaleza que se recrea a sí misma cuando se pregunta...
ResponderEliminarUn saludo:)
EliminarCuando nos preguntamos a nosotros mismos sobre nosotros mismos nos desprendemos de la deshumanización, nos orientamos y recuperamos los sentidos que nos regaló la naturaleza para ser. Un saludo y tenga un magnífico dia.