Tras dias de confinamiento llegué hasta hoy y todos fueron distintos, llovió y salió el sol, las plantas crecieron esperándote, hubo que desbrozar mientras volvían las golondrinas. En esos dias un carbonero se acercó y un mirlo vino a escuchar qué escuchaba sentado en la puerta de la tarde. Se sucedieron horas y horas en el mismo espacio con el mismo horizonte por el que desfilaron conmovedoras nubes de primavera rociando la tierra del nectar sagrado, tu tierra también, allá donde estés te envié la lluvia y los pájaros que surcaron este espacio, hasta las aguilas de enormes alas para que te eleven hacia esas magnitudes. Entró una primavera casi sin existir, floreció toda a escondidas, bajo la única mirada inerte de los colosos de roca que la resguardan de nuestros quebrantables pasos. Al alzar la mirada vi devastadoras lejanías que se extienden hoy inalcanzables mientras la belleza sube a lomos de los vientos para adentrarse en las retinas buscándote.
En estos días echamos la semilla de un nuevo mundo que sin duda nacerá desde la distancia abismal que ha creado el miedo y, la cercanía que mana de esta estrechez que impone el espantoso resguardo a un minúsculo organismo invisible.
Desde su ingenuidad, los animales que nos rodean nos observan mientras nos acompañan, agradecidos por las horas que les dedicamos. Asi es la naturaleza y en ella está la virtud y el sentido de lo humano. Nuestro confinamiento trajo la lluvia y los horizontes limpios tras ella, trajo la razón para que en adelante se haga sitio al sentido común, para que también tengas tu sitio.
Tantas horas al resguardo no pueden pasar desapercibidas, cientos de melodías quedarán fijadas para siempre en el recuerdo y construirán un reducto donde acudir ante la duda. Olores y colores que fugazmente pasaron ante nosotros sin hacer ruido, igualmente, quedaran como antídoto para curar futuros espantos y, llegó mayo, presagiando el verano con un sol pegado a los muros donde buscan refugio los abejorros que huyen de las veloces golondrinas que casi terminaron ya de reconstruir su antiguo nido. Tú también reconstruyes el tuyo al que sacudieron los vientos del poniente y hostigó la lluvia persistente de meses atrás. Quién sabe si será otro verano sin verano como alquel remoto año sin verano.
En estos días, entre lluvias, soles, vientos, el aire fresco de la mañana y el nítido de la tarde pasaron diluyéndose entre melodías de Eagle Rays con Marinoan Glaciarion, Sachiko Musashi con Winter awakening, Tone Harvest con Root Cellar inventories, Syntaleta con A Better World, Margaret con Limitles by Profesor Pezhman, Bruno Sanfilippo, Karl Edh con The magic carpet, Chairhouse con A Short manuscript and two photographs, Paracosm con 2020 vision o, Astropilot con Yasmin y, muchos más que trajeron pensamientos a la deriva para llevarlos a la Itaca de Kavafis.
Nos hemos hecho pequeños en estos dias, los que siempre surcamos las alturas buscando la belleza entre las alturas de las montañas, sobre la tundra espesa de verdes primaveras tardías, bañadas de blancos, amarillos, violetas o naranjas salpicada de ventisqueros de nieves que fueron eternas, ya lo sabíamos, nos tumbaron en ocasiones vientos que silbaban enfurecidos, nos iluminaron relámpagos entre estruendosas tormentas que nos hizo pequeños y refugiarnos entre los recodos de las rocas. Sabemos de la fragilidad humana. Descubrimos que globalizar la montaña lleva a su profanación y a la destrucción del medio ambiente, que allá no existe un crecimiento infinito, sino, lo perenne, lo perdurable, cuando regresamos a casa en las inmensas ciudades descubrimos que solo hay espacio para la amnesia, para el olvido de lo esencial. No cabe preguntarse qué es lo esencial.
Volvió a llover, la noche antes vino el autillo que como un reloj a la hora en punto avisa de la llegada de la noche, entonces la gallina vuelve a su nido y se acurruca a esperar el amanecer, temerosa de correr la misma suerte que las anteriores compañeras que cayeron entre las garras de un hambriento y malvado zorro, se comió ya a siete que es un número mágico porque, se compone del sagrado número 3 y del terrenal número 4 estableciendo, así, un puente entre el cielo y la tierra. Gris y azul, el agua que amamanta a Gaia, barros eternos que huelen a tierra mojada y que se incrustan en todas las rendijas cuando el levante lo seca y sopla con desgarradora costumbre. Aún duermen las chicharras esperando el rigor del verano, pero las lechuzas ya si aullan, hay quién dice que su sonidos traen mal augurio, pero sin ellas no existiría la noche, y sin su sonido los bosques no tendrían ese halo de misterio. Lo esencial alla aún pervive, tú también.
Todo ha cambiado sin duda y toca elegir nuevo sendero que discurra al margen de lo que hasta ahora se había convertido por la soberbia de la humanidad desorientada en sustancial y llegue a un hábitat donde se pueda convivir con lo fundamental.
Ahora, de momento, te dejo, debes escuchar tus latidos si alguna vez no lo hiciste. Eres fundamental como el rio que baña sus riveras y refresca los silvidos de las aves que lo acompañan con armonias primigenias cuando rugen sus aguas al estrellarse contra las rocas, exhalando cientos de olores como manantiales que devuelven la dignidad que le fué arrebatada a la tierra.
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