De nuevo llegaste, también el sol que comienza a arañar la tierra, y las moscas pegajosas, cansinas, quizás aquellas que invocó Neruda, "la dictadura de las moscas" "moscas húmedas de sangre humilde y mermelada, moscas borrachas que zumban sobre las tumbas populares,
moscas de circo, sabias moscas
entendidas en tiranía..." Los que saben acabar con su dictadura son los pájaros, hay seres que, como ellos, vuelan por este cosmos incierto dejando estelas profundas para seguirlas cuando busques horizontes mientras mana el magma espeso de incertidumbre y desconcierto incrustado en la humanidad.
Aprendimos a libar el nectar de la tierra sin apreciarlo, a degustarlo solo mirando al plato y sin alzar la vista al horizonte, a transformarlo en nuestro propio veneno, al contrario que las abejas que nos acompañan desde que la memoria recuerda. Y, así llevamos siglos, convertidos en el panal de Bernard Mandeville.
Nuevamente llega otra noche, el autillo cambió de árbol y fisgonea ahora escondido con su brillante latido desde lejos, la memoria entonces, se disuelve entre las raices profundas de todos los tiempos vividos para navegar por aquellas constelaciones que servían de abrigo mientras llegaba el sueño, tendido sobre la ropa que hacía de cama y protegía de la aspereza del suelo, abrigado por el saco de dormir, con tan solo el rostro a la fria interperie, escuchaba el silencio que circula bajo esa inmensa bóveda contando los satélites e inventando fantasías al abrigo de esa sobrecogedora y bella soledad. Ahí solo existe la calma, semejante a aquella que, mezclada de olor a Jazmin y galán de noche, envolvían los pensamientos de la infancia, tendido, observaba una enigmática luna sobre la hamaca en el patio del abuelo que, mientras, conversaba en el interior de la casa. Aún no podía comprender que la búsqueda de la belleza surge en lo ínfimo y que existen seres que jamás la conocieron ni la buscaron.
Mientras anoto esto, los perros de la casa dormitan tranquilos a la sombra, se levanta la brisa fresca que anuncia la caida de la tarde y, el pequeño se sienta donde da el sol oteando el aire que corre fresco con su nariz dejandose acariciar la melena por esa tenue corriente mientras, observa las hojas secas que arrastra, su compañero lo mira desde su impasible madurez frente a la ingenuidad de aquel, y fluye la calma. El cosmos a estas horas está apagado y brilla el infinito azul parecido al que lucían las frias mañanas de inviernos pasados, seguramente el confinamiento ha sido la causa de ello, hacía tiempo que el horizonte no se veía tan nítido y surcado de tantas aves llenándose de su pureza. Todo fluye al mismo tiempo en espacios distintos en mil formas mayúsculas y minúsculas, pero la ciega humanidad invasora y desagradecida solo navega a la deriva sobre el mismo círculo creyendo que eso es la razón de su existencia.
Martin Stürtzer suena con su tema "Birds" mientras sigo anotando, sus aves navegan también a recónditos lugares que aún no he recorrido y a otros donde siempre huele a pasto húmedo. Cuando abres la ventana de la anhelada esperanza huele a eso y, también a los trigales de la infancia. En este mismo viaje, el sonido inconfundible del bramar de las aguas del Guarnon que desde el borde de la Loma del Calvario llega a los oídos, se convierte en la llave que abre la dimensión que conduce a la intemporalidad, a ese instante donde podrias ser viajero del tiempo y sentirte el primer ser que pisó aquel lugar o, por el contrario, aquél que pisará un lugar sagrado y por ende, prohibido.
Las puertas que la naturaleza abrió para el goce y la subsistencia, la voracidad humana creada por las gigantes corporaciones con su infame distopia las va cerrando, ahora ya no necesitas salir a oler la hierba seca recién cortada, ni escuchar el sonido de los barrancos, la inteligencia artificial se ocupa de ello. Hace años, fantaseabamos con el mundo que creó Orwell o Huxley desde aquellos paraisos recónditos donde casi nadie llegaba, incluso pasaban dias sin ver a nadie. Recostados sobre los frescos y abundantes borreguiles observando la trayectoria de las nubes, blancas, transparentes, azules o tormentosas, generosas cuando ofrecian una sombra fresca al calor del verano, navegabamos al futuro desde la inocencia, desde la simpleza y grandeza de aquellos balcones colgados de las rocas que evocan la eternidad, no intuiamos, lógicamente, este futuro en el que se impone lo artificial desde el seno de la mezquindad que poseen los que quieren adueñarse del mundo arrasando con la vida de la gente para lucrarse con el fruto del bien común.
De aquél presente brotó una fuerza que concede solidez a estos días para continuar buscando vientos favorables y navegar sobre sus lomos rumbo al destino que entonces diseñamos. Embadurnados por el sudor y la pesadumbre de la pendiente, con los pies en las aristas que separan la vida de la muerte, con los aromas ancestrales de la tierra y con los sueños en las manos, caminamos.
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