domingo, 12 de julio de 2020

Señal en el aire.



Hemos pasado demasiado tiempo, algunas décadas, acomodados delante de la pantalla viendo y viviendo vidas ajenas a la realidad propia, sin pensar, envueltos entre un viscoso bucle de frivolidad, una cómoda existencia envuelta en papel de regalo y con el destino marcado por el sistema ya fracasado. Entre episodio y episodio, como una manada de ñus, y, desde el cómodo sillón con el mando a distancia en la mano, ejercitabamos los derechos legados por una sociedad intoxicada y deprimida de decadencia.
Por la mañana casi a la salida del sol, hileras de anónimos coches solitarios desfilan con su ruido monótono, como un engranaje que fabrica soledades en una imperfecta naturaleza. Masanobu Fukuoka decia que “Los seres humanos son los únicos animales que tienen que trabajar y esa es la cosa más ridícula del mundo. Otros subsisten simplemente viviendo, pero la gente trabaja como loca pensando que debe hacerlo para poder estar viva”. De este último modo, permanece la mayor parte de la humanidad, navegando a una velocidad asombrosamente indescriptible por universos paralelos, abordo de una minúscula galaxia entre la inmensidad de un inexplorado cosmos, rendida por el sistema masivo e invasivo del capital que como un microorganismo se introdujo en el seno de la vida planetaria para reproducirse en ella en un eterno bucle semejante a la condena de Sísifo. Apartada de la purificante naturaleza hay una vida que no ofrece respuestas y solo engendra las aptitudes más perniciosas para el desarrollo humano y su permanencia en un ecosistema casi colapsado.
Ayer volvimos a las alturas, cerca de los quebrantahuesos, sigilosos, nos observan desde su vuelo circular y con su silencio nos hizo pequeños, por instantes también nos convertimos en seres libres, sin batir las alas nos arrancaron del filo de los abismos y por unos instantes viajamos a su lado para ver el otro lado del mundo. Para ellos nada es trivial, permanecen siempre allá y por eso nos miran como otra criatura más que invade su territorio.
Más abajo, en la tundra, a estas alturas del verano, está llegando a su fin la primavera mientras que, en las ciudades, las temperaturas rozan los cuarenta grados y anuncian ya otro verano desconocido. Pero en aquellos prados, aún verdes, rezuma agua cristalina y fresca, terminan de florecer las Gencianas, los Plantagos y las Violetas temerosas de ser exterminadas por las hordas de turistas depredadores y confundidos por arengas envenenadas en forma de panfletos, ignorantes de sus pisadas dañinas en territorios sagrados que son hábitat donde sólo somos extraños invitados, y, lo peor de todo; creyentes de ser supremo.
A su paso, en un instante se rompió el silencio milenario y huyeron del lugar las cabras que dormitaban recostadas plácidamente al sol, incrédulas de aquél jolgorio, se adentraron en las inaccesibles murallas rocosas que circundan la tundra, mientras las redes se llenaban de autorretratos que inmortalizan un segundo de vida que sólo sirve de trofeo para convertirse en el gran "influencers".
Son lugares sagrados porque pertenecen al cosmos del "espíritu" al margen de los sistemas masivos de creencias. Lugares de reencuentro con el ser y con la tierra, donde no existe ni puede existir otra competición distinta a la inherente de la naturaleza. Donde el pensamiento se diluye entre el bramar de las aguas que corren al fondo de los barrancos y la brisa que los eleva. Las necesarias abstracciones del ser humano, allí se transforman en una realidad envuelta de los olores que exhala la tierra, las rocas, la nieve.., los que ascienden navegando entre las corrientes que suben de los valles, y, hasta aquellas fragancias que desde hace casi cinco décadas quedaron resguardadas perennemente en mi memoria desde que puse por primera vez el pie en aquellos lugares, siguen impregnando de sabiduría y belleza los días.
Aquella soledad es inmensa, es necesaria para sumergirse en los vastos espacios del ser y del tiempo que la cirscundan, donde ya estuviste y donde estarás.


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