martes, 18 de agosto de 2020

Aquellas crestas

Desde aquel lugar la vista se perdía en el horizonte, el silencio es algo olvidado allí y se hace presente cuando se oye el roce de la pisada con la tierra, es la prueba de su existencia, una prueba de la nuestra es, por ejemplo, cuando sientes la mirada del ojo milenario de la Salamanquesa, ("dorado, como relleno de purpurina, y con una pupila negra en forma vertical que le atraviesa el globo ocular de arriba a abajo para darle ese aspecto de criatura galáctica" -que así lo define el naturista José Luis Gallego-). Y ocurrió que mientras me invadía aquél silencioso recuerdo, se cruzó en mi camino ese diminuto dragón, me detuve y lo miré por si algo tenía que decirme, pero fué al contrario, se detuvo y me miró, y, desde el fondo de esa pupila se abrió otro silencioso cosmos sin tiempo, donde guarda su secreta biología para regenerarse asimisma. Continúe mi camino y fui a saludar a las plantas, felices de dar cobijo a tan insigne habitante, dieron nuevos brotes e incluso el limonero volvió a florecer. Caminando entre ellas, al escuchar el rozar de las sandalias sobre la tierra, me llevó de nuevo a aquél espacio donde la vista se pierde en el horizonte, y, a repensar que en ciertos lugares mágicos de la tierra es posible regenerar el "espíritu" o la parte racional más pura de la consciencia y así, volver a desarrollar las capacidades innatas hoy perdidas tras el abandono de nuestra relación con la naturaleza.

Aquella tarde no había nadie en el refugio, era un dia casi de final de verano y mi única compañía, además de la brisa fria de la tarde, de los colores cálidos que la acompañaban, del olor que exhalan las rocas de aquellos parajes cuando se dejan acariciar por las pequeñas plantas que comienzan a agostarse y de su propio olor, porque allí la roca huele, era una pequeña radio que por la orientación solo recogía emisoras del Magreb, de ella, como mantras salían al aire nubas (Nübät en plural o nüba, nübä, o nouba) desde una esquina sonaba lejos como un susurro y adornaba sutilmente aquellas horas de hermosa soledad bañadas de la luz del Sur. -La devastadora soledad viene sola- . Desde la ventana se habría el valle inundado de espejismos que la imaginación iba creando con aquella claridad, inmerso en esa conmovedora galaxia persegui los últimos rayos de sol subiendo veloz hasta la atalaya más alta de los Crestones, alli, ensimismado por una completa austeridad, que no es tal como generalmente se entiende, la definiría como lo justo o lo únicamente necesario para vivir sin ambigüedades, de la misma forma que la naturaleza da sus frutos sin nuestra obsesionada intervención, (la austeridad la creó la humanidad con la inadmisible abundancia), sentado sobre la corriente que ascendia del barranco, hacia el noroeste, comenzaban a brillar las primeras luces de ciudades lejanas, de ciudades imposibles que desde aquél balcón así eran, lugares donde esa austeridad, tanto del pensamiento como de los bienes, no existe, allí abunda y anida lo superfluo instalado en las mentes de una sociedad que busca la posesión de bienes materiales que son fruto, ambos sustantivos, de consignas dadas para alinear a los pueblos bajo tendencias ideológicas imposibles y erigir fanáticos tótems que las salvaguarden.

El mundo se puede ver desde varias perspectivas, desde realidades distintas que discurren paralelamente por un espacio cuántico que aún no llegamos a comprender del todo, pero desde aquella torre vigía donde la vista se perdía en el horizonte, solo hay una visión, desde aquella soledad donde nada tienes y nada eres, Platón decia que "quién habla del hombre debe examinar, como desde una alta torre de vigilancia, las cosas de la tierra".

Entonces subía solo al refugio, pasaban dias sin nadie y solia trepar por aquellas crestas por la tarde, las sombras de los gendarmes que me rodeaban se alargaban y el céfiro cada día era distinto al igual que la luz. El verdeo que rodea las lagunas de los alrededores también era distinto a cada atardecer. Si no hacía viento, me quedaba inmóvil sobre algún saliente de roca dejando entrar en mis venas aquel paraiso invadido de ese silencio roto de reflejos en la roca y de olorosos aires que se estrellaban entre sus grietas. En ocasiones quise romperlo -el silencio- solía llevar un "cassette" con alguna cinta de música electroacústica, ¡ya lo sé!, un sacrilegio, eran sonidos de cascos de caballos y el rodar de carruajes por las calles, algo insólito para quién solo escucha reggaetón y no muy idílico con aquél paisaje. No había armonía alguna, tan solo era un discurso rítmico al que le añadía la vista de pájaro que tenia impresa en mis retinas, y los pensamientos que fluían de ellas sin más percepciones que aquel cuadro. Todo un signo de pureza y de encuentro con lo más ancestral, con lo más humano, con lo inmaterial y lo material, Jacques Attali dice que; "con el ruido nació el desorden y su contrario: el mundo. Con la música nació el poder y su contrario: la subversión". Frente a la magnitud del lugar lo humano parecía imperceptible, desde aquella torre sobre esa marea de luces, colores y movimientos telúricos contrarios a lo que acontece monótona y diariamente en aquellas urbes que observaba, hacia sentirme como un proscrito, subversivo en un hermoso destierro, inadaptado y afortunado de estar y ser.
Rodeado de aquellas mínimas percepciones que se hacian enormes y engullian como un agujero negro la atencion, provocaron el derrumbe de los patrones de comportamiento para ajustarme momentáneamente a aquél medio donde, sin perder el asombro, observaba ese mundo al que sin lugar a dudas volvería de nuevo, entonces el paisaje se dividió en dos realidades paralelas, dos libros distintos abiertos sobre la misma mesa a los que la brisa van pasándole las hojas donde aprender.
En aquellas horas todo era nuevo allá y por ende, una fuente viva de sabiduría que perdura hasta hoy y señala un nuevo sendero, y siempre que regreso a esas alturas es distinto. El cuerpo y la mente se renuevan y los pensamientos también, lo crudo de las realidades cotidianas se vuelven insignificantes y se abre un ciclo de renovación reinventándose uno mismo. Gasset dejó escrito en relación con ello que, "tenemos el "deber" de presentir lo nuevo; tengamos también el "valor" de afirmarlo. Nada requiere tanta pureza y energía como esa misión. Porque dentro de nosotros se aferra lo viejo con todos sus privilegios de hábito, autoridad y ser inconcluso", "lo viejo podemos encontrarlo dondequiera: en los libros, en las costumbres, en las palabras y los rostros de los demás. Pero lo nuevo, lo nuevo que hacia la vida viene sólo podemos escrutarlo inclinando el oído pura y fielmente a los rumores de nuestro corazón".

En aquellas crestas al igual que en otras que forman esta tierra, incluso en lugares más artificiales en los que también existe la naturaleza, se puede encontrar lo pequeño, lo cercano, lo lento, esencias que presagian otros mundos posibles donde reencontrar el futuro perdido, donde poder volar sobre las encrucijadas de nuestros pensamientos, donde ser honestos y respetuos con la naturaleza que nos sustenta. 

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