Comencé la mañana preguntándome; cómo en esas macro urbes habitadas por
millones de personas, alejadas de la naturaleza, se sigue sobreviviendo sin
ella, supongo que por la imposición de lo artificial que planea sobre los
tejados y se adentra por los balcones. Dentro de las mismas hay otras formas de
encontrarse, de entenderse y ser en este nuevo emergente mundo, diferentes a
las que ofrecen los ecosistemas naturales. Descubrirse uno mismo es una de las hazañas
que todos los días emprendemos los seres que habitamos ambos espacios,
artificial y natural, que, al final de cuentas, ello, se traduce en el sistema
de vida que cada ser elije. El fin es el mismo, volver a Ítaca, pero con
matices y caminos diferentes. Las consecuencias de una mala elección las
descubriremos a lo largo de los próximos años, aunque, ya se vislumbran algunas
de ellas. Hay algo evidente, la búsqueda desde el plano ficticio, por llamarlo
de alguna forma, desde el imperante habitat cosmopolita encajado en el
deshumanizante capitalismo actual, sólo produce el deterioro irreversible en
todos los hábitats naturales, llevando a otros espacios aún desconocidos la
realización y evolución del ser humano como elemento vivo de una parte más del
universo que habita, recorriendo asi, senderos distantes a los que nos tiene
reservados nuestra propia naturaleza, desembocando en el agotamiento de
recursos y llegando a un punto final sin retorno.
Las consignas diarias que despliega el poder lejos del
conocimiento, del arte, de la sabiduría, calan en una mayoría, se enquistan en
el pensamiento, produce ceguera y la recepción pasiva de una explicación del
mundo ya hecha, ¿para qué pensar? Albert Camus decía que "pensar es
aprender de nuevo a ver y a dirigir la atención".
Sin embargo, el otro camino seguramente discurre entre la sabiduría milenaria, el descubrimiento de la plenitud y la abandonada gratitud, en la razón que da sentido, en todos los ámbitos, de la existencia, donde la permanencia es el signo de futuro para las siguientes generaciones.
En ese otro sendero
es posible adquirir el poder de decirle no a los poderes subyugantes, abundar
en el conocimiento, adquirir sabiduría y abandonar el pensamiento único que ya
pertenece al siglo XX, ahora entramos en otra era en la que las emociones y los
valores comienzan a llegar desde planos distintos. Ahora tenemos acceso a muchísima
información, conocimiento, arte, música, literatura..., en definitiva, a la
creación que los seres humanos somos capaces de generar y que hace tres o
cuatro décadas era impensable. Nunca, éstas generaciones nos vimos acosados por
cambios tan drásticos de la naturaleza a los que habría que añadir los
cataclismos producidos por la usura de los poderes. <"El eco filósofo
australiano Glenn Albrecht argumenta que solamente “un cambio en la línea de
base de las emociones y los valores ha funcionado para transformar los hechos
en acciones de manera histórica”>...
Con las últimas
luces de la tarde, mientras llega la penumbra y decides encender la luz o no,
escribía esta nota al mismo tiempo que en los auriculares sonaba esta pieza: (1:14:51), me adentró en la lentitud, en un mundo de
emociones distintas a las que llegan desde lo comercial, desde los insistentes
aparatos de la mercantilización que utilizan siempre a los mismos voceros de
las multinacionales, de lo que nos tienen acostumbrados desde siempre. Ahí se
abre la capacidad de discernir y abandonar lo que siempre has percibido para
dejar paso a otros espacios que siempre han existido tras la frontera
interpuesta por aquellos que con su obsesión de dominar impiden cruzarla.
Por
ese sendero a cada paso llegas al verde, el color de las hojas y las hierbas, a
los sonidos de siempre, al agua, a las luces de la tierra, al confín de tus
pensamientos escondidos, olvidados y primarios, aquellos donde la cooperación
era primordial y donde la cercanía era base de sustento. Vivimos ahora en la
comodidad de lo conocido y con la desconfianza a lo distinto enredados en
marañas de signos inidentificables que nos convierten en exploradores
sumergidos en una virtualidad eterna sin rumbo fijo.
Han
pasado más días y me sumergí hoy en esta otra nave ( Somnolent de Hilyard) para continuar esta nota. Pensé por un momento que se
trata del diario de un loco, pero, a medida que pasan los minutos. me doy
cuenta que escribía un mensaje para meterlo en una botella y lanzarlo al
océano, quizás desde allá, las palabras que contiene, se transformen nuevamente
en, mañanas de plata que amanecen entre púrpuras gotas que salpican desde los
poderosos torrentes bañando las palmas de las manos de los robles que se asoman
a verlas. En cascadas de hojas secas que corren con el viento para desvanecerse
y transformarse en alimento y en cobijo de diminutos seres. También en
silencio. Si alguna vez no escuchaste el silencio, coge la botella que trajo la
marea, descórchala y acerca el oído a su interior, podrás descubrir que el
silencio no es la "cámara anecoica" sino, la brisa que mece las ramas
de los árboles, la caída de sus frutos a la tierra, el bramar de los arroyos
lejanos, el autillo que vino de visita una noche de confinamiento. El crujir de
las rocas que se desprenden de las paredes verticales en la primavera. Hay
muchos silencios que escuchar, incluso, después de amanecer, cuando la tierra
húmeda comienza a calentarse con los primeros rayos de sol, y, sus vapores se
van elevando ante tu mirada sorprendida por esa luz velada, tal magnitud, hace
que detengas tu ascenso y al dejar de escuchar los pasos, late el corazón en
tus oídos. ¿Qué más puedes pedir?
Los
tesoros de la tierra no están escondidos, no están en lo superfluo que nos
invade y en lo banal que nos ciega. Para encontrarlos sólo hay que volver a
aprender a observar, y, no sólo con la mirada. Reeducar los sentidos para
volver a orientarse. Muchas veces, para avanzar hay que regresar, dar un paso
atrás y detenerse en el cruce donde tomamos el sendero equivocado.
Quizás
debiéramos regresar a nuestro origen y comenzar de nuevo con todo lo que
sabemos ahora, y, en ese viaje, olvidar por el camino lo olvidable, dejar los
sentidos impregnados de las luces que nos orientan, como los pájaros que
emigran siguiendo las estrellas y el sol, con razón y sentido común, con olores
perdidos en mañanas nuevas.
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