jueves, 24 de septiembre de 2020

Quizás regrese (scarlet waves)

 


    Comencé la mañana preguntándome; cómo en esas macro urbes habitadas por millones de personas, alejadas de la naturaleza, se sigue sobreviviendo sin ella, supongo que por la imposición de lo artificial que planea sobre los tejados y se adentra por los balcones. Dentro de las mismas hay otras formas de encontrarse, de entenderse y ser en este nuevo emergente mundo, diferentes a las que ofrecen los ecosistemas naturales. Descubrirse uno mismo es una de las hazañas que todos los días emprendemos los seres que habitamos ambos espacios, artificial y natural, que, al final de cuentas, ello, se traduce en el sistema de vida que cada ser elije. El fin es el mismo, volver a Ítaca, pero con matices y caminos diferentes. Las consecuencias de una mala elección las descubriremos a lo largo de los próximos años, aunque, ya se vislumbran algunas de ellas. Hay algo evidente, la búsqueda desde el plano ficticio, por llamarlo de alguna forma, desde el imperante habitat cosmopolita encajado en el deshumanizante capitalismo actual, sólo produce el deterioro irreversible en todos los hábitats naturales, llevando a otros espacios aún desconocidos la realización y evolución del ser humano como elemento vivo de una parte más del universo que habita, recorriendo asi, senderos distantes a los que nos tiene reservados nuestra propia naturaleza, desembocando en el agotamiento de recursos y llegando a un punto final sin retorno.
    Las consignas diarias que despliega el poder lejos del conocimiento, del arte, de la sabiduría, calan en una mayoría, se enquistan en el pensamiento, produce ceguera y la recepción pasiva de una explicación del mundo ya hecha, ¿para qué pensar? Albert Camus decía que "pensar es aprender de nuevo a ver y a dirigir la atención".

    Sin embargo, el otro camino seguramente discurre entre la sabiduría milenaria, el descubrimiento de la plenitud y la abandonada gratitud, en la razón que da sentido, en todos los ámbitos, de la existencia, donde la permanencia es el signo de futuro para las siguientes generaciones.


          En ese otro sendero es posible adquirir el poder de decirle no a los poderes subyugantes, abundar en el conocimiento, adquirir sabiduría y abandonar el pensamiento único que ya pertenece al siglo XX, ahora entramos en otra era en la que las emociones y los valores comienzan a llegar desde planos distintos. Ahora tenemos acceso a muchísima información, conocimiento, arte, música, literatura..., en definitiva, a la creación que los seres humanos somos capaces de generar y que hace tres o cuatro décadas era impensable. Nunca, éstas generaciones nos vimos acosados por cambios tan drásticos de la naturaleza a los que habría que añadir los cataclismos producidos por la usura de los poderes. <"El eco filósofo australiano Glenn Albrecht argumenta que solamente “un cambio en la línea de base de las emociones y los valores ha funcionado para transformar los hechos en acciones de manera histórica”>...

            Con las últimas luces de la tarde, mientras llega la penumbra y decides encender la luz o no, escribía esta nota al mismo tiempo que en los auriculares sonaba esta pieza: (1:14:51), me adentró en la lentitud, en un mundo de emociones distintas a las que llegan desde lo comercial, desde los insistentes aparatos de la mercantilización que utilizan siempre a los mismos voceros de las multinacionales, de lo que nos tienen acostumbrados desde siempre. Ahí se abre la capacidad de discernir y abandonar lo que siempre has percibido para dejar paso a otros espacios que siempre han existido tras la frontera interpuesta por aquellos que con su obsesión de dominar impiden cruzarla.

            Por ese sendero a cada paso llegas al verde, el color de las hojas y las hierbas, a los sonidos de siempre, al agua, a las luces de la tierra, al confín de tus pensamientos escondidos, olvidados y primarios, aquellos donde la cooperación era primordial y donde la cercanía era base de sustento. Vivimos ahora en la comodidad de lo conocido y con la desconfianza a lo distinto enredados en marañas de signos inidentificables que nos convierten en exploradores sumergidos en una virtualidad eterna sin rumbo fijo.

            Han pasado más días y me sumergí hoy en esta otra nave ( Somnolent de Hilyard) para continuar esta nota. Pensé por un momento que se trata del diario de un loco, pero, a medida que pasan los minutos. me doy cuenta que escribía un mensaje para meterlo en una botella y lanzarlo al océano, quizás desde allá, las palabras que contiene, se transformen nuevamente en, mañanas de plata que amanecen entre púrpuras gotas que salpican desde los poderosos torrentes bañando las palmas de las manos de los robles que se asoman a verlas. En cascadas de hojas secas que corren con el viento para desvanecerse y transformarse en alimento y en cobijo de diminutos seres. También en silencio. Si alguna vez no escuchaste el silencio, coge la botella que trajo la marea, descórchala y acerca el oído a su interior, podrás descubrir que el silencio no es la "cámara anecoica" sino, la brisa que mece las ramas de los árboles, la caída de sus frutos a la tierra, el bramar de los arroyos lejanos, el autillo que vino de visita una noche de confinamiento. El crujir de las rocas que se desprenden de las paredes verticales en la primavera. Hay muchos silencios que escuchar, incluso, después de amanecer, cuando la tierra húmeda comienza a calentarse con los primeros rayos de sol, y, sus vapores se van elevando ante tu mirada sorprendida por esa luz velada, tal magnitud, hace que detengas tu ascenso y al dejar de escuchar los pasos, late el corazón en tus oídos. ¿Qué más puedes pedir?

            Los tesoros de la tierra no están escondidos, no están en lo superfluo que nos invade y en lo banal que nos ciega. Para encontrarlos sólo hay que volver a aprender a observar, y, no sólo con la mirada. Reeducar los sentidos para volver a orientarse. Muchas veces, para avanzar hay que regresar, dar un paso atrás y detenerse en el cruce donde tomamos el sendero equivocado.

            Quizás debiéramos regresar a nuestro origen y comenzar de nuevo con todo lo que sabemos ahora, y, en ese viaje, olvidar por el camino lo olvidable, dejar los sentidos impregnados de las luces que nos orientan, como los pájaros que emigran siguiendo las estrellas y el sol, con razón y sentido común, con olores perdidos en mañanas nuevas.







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