sábado, 10 de octubre de 2020

Sobre mi cabeza

 

Hay veces que caminamos sujetos a los vaivenes de la respiración, con la mirada perdida en las piedras que nos preceden sobre el sendero. Sin mirar delante ni atrás, inmersos en un sueño sin sueño, sin imágenes ni palabras ascendemos, asciendo con los pensamientos agarrados a las ramas que sobresalen de la linde del camino, y, otras veces, entre las rocas de los cascajales, siguiendo las pisadas unguladas de sus habitantes hasta que la respiración no puede más y al levantar la vista y otear los horizontes, mares de perfumes de todos los tiempos se llenan de azules inmensos que las nubes van arrebatando poco a poco, entre claro y claro, como pinceladas, quedan colgadas las hojas del otoño. Al llegar la noche, después de caminar entre las lomas teñidas de los últimos amarillos del verano, nos vamos convirtiendo en pescadores de estrellas exiliados de ciudades infectadas. Y cuando observas la nitidez de esa bóveda que abriga nuestro soñar, preguntas a los astros;
¿Cómo es posible que tal sobrecogedora magnitud no doblege el ansia depredadora de la usura humana?
Quizás el alma racional que decía Aristóteles no exista, o, más bien esté oculta tras los vapores que exhala el contínuo ir y venir. Todo está construido sobre un sistema que no se dirige hacia el bienestar, hacia la colaboración, una forma de vida donde aún hay que enseñar y aprender empatía, ética, y, que la humanidad existe, nos rodea y nos necesita. La relación entre personas se corrompe mientras se camina por los senderos competitivos cuya meta sólo es una corona de laurel.
En esos caminos circulamos, sin darnos cuenta de la sombra y el frescor o el cobijo de la lluvia que nos brindan esos otros seres silenciosos, los olmos de la orilla del camino, las viejas encinas que sujetan las lomas, los arces, quejigos, robles y castaños que resguardan los senderos mirando a los cerezos y los chopos y álamos que refrescan las aguas de los torrentes. También nos acompañan.
Nos acostumbramos a vivir o nos hicieron vivir bajo las consignas de algunos pocos que nunca oyeron cuando se mezcla el borboteo del agua con los sonidos de las aves, ni siquiera se fijaron cuando los primeros rayos del sol atraviesan las hojas verdes, amarillas y ocres. Ni cuando al anochecer la luz zodiacal trae a Neptuno para asomarse a la tierra.
La paja está tendida al pie del naranjo, del mandarino y del aguacate, trajo insectos y diminutos seres que la descomponen y poco a poco va creando un manto de materia organica a su alrededor que los alimenta, algo simple y milenario, nada a cambiado desde que aparecieron para acompañarnos en nuestro camino, un simple ejemplo de colaboración que aún nosotros no llegamos a practicar, y, quizas, diria que, ni a comprender. Les hago llegar el agua a la tarde y sus hojas se estiran a la mañana, bajo al bancal y me muestran sus brillos, se balancean a mi paso, son felices, me lo dicen cada vez que voy. Me contaron que muchos de ellos estan atormentados, desesperados, agotados de servir a una humanidad que solo busca explotarlos hasta la saciedad llenando sus raices de mejunjes envenenados en tierras sin descanso. Algunos crecen en parajes solitarios donde toda hierba fué masacrada, donde casi no hay un insecto para que acaricie sus hojas y con su zumbar despierte la mañana con la primera cálida luz. Otros dicen que fueron criados lejos de su hábitat envueltos en plástico y alimentados artificialmente, para, luego vender sus frutos en su lugar de origen tras recorrer miles de kilómetros. Las gallinas me dijeron algo parecido, les gusta saludar y que las acaricie, vienen tras de mi cuando les llevo la cáscara de la patata tierna y bien cocida, me dijeron que otras viven hacinadas y solo comen compuestos químicos, sus huevos los llevan a cientos de kilómetros, su vida es corta y por sus venas solo corre antibiótico.
Eres tierra y a ella te debes, eres agua, ¡sí! agua, ese ser tan increible que en sus diferentes estados te hace y moldea todo. ¿Viste escurrirse las gotas de rocío sobre las hojas cuando brilla naranja a la tarde, o, cuando lo hace como una diminuta estrella en la mañana? ¿oliste la brisa de azahar como agradecimiento del alimento que recibieron?
Ahora no nos abrazamos y las multitudes han desaparecido, es otro tiempo y nos llama con su poderosa fuerza a que prestemos atención a todo aquello que se desvanece ante la impasibilidad de un sistema fracasado y corrupto que nos sacó los pies de la tierra y nos hizo volar sobre falsos horizontes. Ahora te abrazaré y dejaré que tus finas hojas rocen mis mejillas mientras giran infinitamente los astros sobre mi cabeza.







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