miércoles, 18 de noviembre de 2020

Mientras caminas

Por la mañana, temprano, cuando sales y caminas entre cualquier bosque que dejó que se humedeciese la tierra que lo sustenta, exhala "praná", vida, oxigena hasta los peores pensamientos, así que, caminen, caminen aunque sea con la imaginación. Entre los pies, entre las arrugas de la bota, se incrusta la hojarasca ya parda por el rocío y plagada de cristales de escarcha, blanquecina de hielo, de vapores que vuelan con los primeros rayos de sol, naranja como toda la estirpe de las hojas, antiguas como el mundo, de colores eternos y olores ahora casi desconocidos, olores usurpados por inconscientes industrias que continúan expoliando los bienes comunes al amparo de gobiernos que ellas mismas erigen.
Seguí adelante, abstraído del resto del mundo e inmerso en brisas olorosas y colores que solo habitan allá, donde nació la tierra, y, en la orilla del sendero siguen saludando con mantras sin fin surgidos del roce de sus hojas los hijos de savias ancestrales, la segunda voz la ponen los cencerros que cuelgan del cuello de las reses que buscan alimento a sus pies, la tercera voz; la brisa que los roza, y, la cuarta voz; las pisadas entre guijarros y broza seca que se astilla al paso. Mientras, el invierno va empujando con hermosas soledades en silencios blancos plagados de brillantes diminutas estrellas que en la primavera volverán a empapar la tierra. Un día, en esa época de dorados, blancos de horizontes verticales y el azul que lo envuelve todo, sobre la hierba y rodeando con el cuerpo la hoguera, acercaba las manos al calor de las brasas de donde salían como cometas al espacio pavesas incandescentes a conquistar las estrellas, a llenar la noche de luceros rojos y de palabras aún desconocidas. La mirada fija ahí abre el resto de los <sentidos>, mirar el firmamento mientras ascienden las cenizas es un acto primigenio que los renueva, el más perdido de ellos es el de la orientación, los caminos están plagados de señales, los aparatos electrónicos ahora son los que ocupan el lugar de la brújula, del sexto sentido o de la intuición en el seno de la Naturaleza, en las grandes ciudades nadie sabe por donde sale el sol porque ya nos hemos convertido en sujetos de George Orwell, y ahora, se dieron cuenta que sus obreros se contagian y enferman, no pueden acudir a sus fábricas, la producción se detiene y no hay plata para gastar. Tampoco donde ir ni que hacer diferente a lo que se construyó como cotidiano, porque el espíritu creador ha sido suplantado por un pensamiento único, consumidor y destructivo. Ya nos hemos convertido en buscadores de paraísos perdidos, allende de los tiempos las noches frías eran abrigadas por las hogueras, recogíamos ramas secas de las encinas, de los pinos y de los robles, prendían impregnadas de olores que entre el humo ascendían abrigando todos los deseos, su música debió ser sagrada en otro tiempo y vehículo para adentrarse en mundos inmateriales de latitudes etéreas.
Seguíamos el discurrir de los astros por el firmamento en noches de cobalto, escuchábamos el silbar de los cometas entre el olor de la hierba, las tormentas acercarse rugiendo y la brisa incrustarse entre los rescoldos incandescentes, rodeados de la luz de las llamas avistábamos el fondo oscuro del bosque a unos metros, enigmático, y sobrecogedor, silencioso e inmóvil a esa hora. Sobre sus copas, a ras de las últimas ramas, sobresalían cumbres con nieves manchadas del azul que reflejan los astros, con formas que sugieren mensajes de lugares lejanos e inimaginables. ¿Qué más simpleza? A cada paso de este sendero cotidiano, y, a cada respiración vuelvo allí, sobre rocas amontonadas y asomadas a los valles por donde corren entre las corrientes olores que acompañaron desde su existencia la nuestra. Quizás por la inconsciencia humana, por la desidia o por el desconocimiento, o, más bien por la usura cuya única voluntad es usurpar los bienes inherentes de la naturaleza para el lucro, se convirtieron en paraísos perdidos aquellos lugares, en santuarios guardados para la memoria, reservados ahora sólo para visitarlos pero no para vivirlos como antes, ese lejano. Paraísos que, hoy, paradójicamente se convierten en espacios mercantiles y entornos para el asombro de la ciencia. Un hábitat que era común y ahora queda reservado solo para las especies que siempre lo habitaron. Entonces formábamos parte de un ecosistema único, una isla perdida al borde del Mediterráneo. A la noche encendíamos la hoguera al igual que en fríos días, a la tarde mientras se sonrojaban los canchales y entre el sonido de los guijarros y rocas que se movían al paso, recolectábamos la abundante manzanilla real o el oloroso té, y, entre el fuego y el crujir de las ramas ardiendo, el aroma y los vapores de la infusión, el calor de la taza entre las manos, la risa, las orejas y la nariz frías, vivíamos, fuimos afortunados, nuestra sangre se impregnó de la sabiduría única de esas latitudes, ahora son propiedad de la humanidad, reservas para la enseñanza de lo que en un tiempo fue, escuela de una nueva vida, quizás, por otro lado; un vestigio más de la inconsciencia, la evidencia de un caos, o, el resultado de una decadencia estructural. Un paréntesis en el tiempo o un punto final. Pero, andamos, saltamos los arroyos sobrecogidos por su bramar entre las rocas, y, a veces los vadeamos descalzos con los pies sumergidos en aguas heladas y eternas, sorteando lajas resbaladizas encajonadas en el fondo de riberas blanquecinas de escarchas, rodeadas de olorosas madreselvas y alisos descendientes de otros tiempos.




Imágenes: de José A. Ruiz Bueno vídeo: imágenes y sonido: Ramón Sánchez

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