Por la mañana, temprano, cuando sales y caminas entre cualquier bosque que dejó
que se humedeciese la tierra que lo sustenta, exhala "praná", vida, oxigena
hasta los peores pensamientos, así que, caminen, caminen aunque sea con la
imaginación. Entre los pies, entre las arrugas de la bota, se incrusta la
hojarasca ya parda por el rocío y plagada de cristales de escarcha, blanquecina
de hielo, de vapores que vuelan con los primeros rayos de sol, naranja como toda
la estirpe de las hojas, antiguas como el mundo, de colores eternos y olores
ahora casi desconocidos, olores usurpados por inconscientes industrias que
continúan expoliando los bienes comunes al amparo de gobiernos que ellas mismas
erigen.
Seguí adelante, abstraído del resto del mundo e inmerso en brisas olorosas y
colores que solo habitan allá, donde nació la tierra, y, en la orilla del
sendero siguen saludando con mantras sin fin surgidos del roce de sus hojas los
hijos de savias ancestrales, la segunda voz la ponen los cencerros que cuelgan
del cuello de las reses que buscan alimento a sus pies, la tercera voz; la brisa
que los roza, y, la cuarta voz; las pisadas entre guijarros y broza seca que se
astilla al paso. Mientras, el invierno va empujando con hermosas soledades en
silencios blancos plagados de brillantes diminutas estrellas que en la primavera
volverán a empapar la tierra. Un día, en esa época de dorados, blancos de
horizontes verticales y el azul que lo envuelve todo, sobre la hierba y rodeando
con el cuerpo la hoguera, acercaba las manos al calor de las brasas de donde
salían como cometas al espacio pavesas incandescentes a conquistar las
estrellas, a llenar la noche de luceros rojos y de palabras aún desconocidas. La
mirada fija ahí abre el resto de los <sentidos>, mirar el firmamento mientras ascienden las cenizas es un acto primigenio
que los renueva, el más perdido de ellos es el de la orientación, los caminos
están plagados de señales, los aparatos electrónicos ahora son los que ocupan
el lugar de la brújula, del sexto sentido o de la intuición en el seno de la
Naturaleza, en las grandes ciudades nadie sabe por donde sale el sol porque ya
nos hemos convertido en sujetos de George Orwell, y ahora, se dieron cuenta
que sus obreros se contagian y enferman, no pueden acudir a sus fábricas, la
producción se detiene y no hay plata para gastar. Tampoco donde ir ni que
hacer diferente a lo que se construyó como cotidiano, porque el espíritu
creador ha sido suplantado por un pensamiento único, consumidor y destructivo.
Ya nos hemos convertido en buscadores de paraísos perdidos, allende de los
tiempos las noches frías eran abrigadas por las hogueras, recogíamos ramas
secas de las encinas, de los pinos y de los robles, prendían impregnadas de
olores que entre el humo ascendían abrigando todos los deseos, su música debió
ser sagrada en otro tiempo y vehículo para adentrarse en mundos inmateriales
de latitudes etéreas.
Seguíamos el discurrir de los astros por el firmamento en noches de cobalto,
escuchábamos el silbar de los cometas entre el olor de la hierba, las
tormentas acercarse rugiendo y la brisa incrustarse entre los rescoldos
incandescentes, rodeados de la luz de las llamas avistábamos el fondo oscuro
del bosque a unos metros, enigmático, y sobrecogedor, silencioso e inmóvil a
esa hora. Sobre sus copas, a ras de las últimas ramas, sobresalían cumbres con
nieves manchadas del azul que reflejan los astros, con formas que sugieren
mensajes de lugares lejanos e inimaginables. ¿Qué más simpleza? A cada paso de
este sendero cotidiano, y, a cada respiración vuelvo allí, sobre rocas
amontonadas y asomadas a los valles por donde corren entre las corrientes
olores que acompañaron desde su existencia la nuestra. Quizás por la
inconsciencia humana, por la desidia o por el desconocimiento, o, más bien por
la usura cuya única voluntad es usurpar los bienes inherentes de la naturaleza
para el lucro, se convirtieron en paraísos perdidos aquellos lugares, en
santuarios guardados para la memoria, reservados ahora sólo para visitarlos
pero no para vivirlos como antes, ese
lejano. Paraísos que, hoy, paradójicamente se convierten en espacios
mercantiles y entornos para el asombro de la ciencia. Un hábitat que era
común y ahora queda reservado solo para las especies que siempre lo
habitaron. Entonces formábamos parte de un ecosistema único, una isla
perdida al borde del Mediterráneo. A la noche encendíamos la hoguera al
igual que en fríos días, a la tarde mientras se sonrojaban los canchales y
entre el sonido de los guijarros y rocas que se movían al paso,
recolectábamos la abundante manzanilla real o el oloroso té, y, entre el
fuego y el crujir de las ramas ardiendo, el aroma y los vapores de la
infusión, el calor de la taza entre las manos, la risa, las orejas y la
nariz frías, vivíamos, fuimos afortunados, nuestra sangre se impregnó de la
sabiduría única de esas latitudes, ahora son propiedad de la humanidad,
reservas para la enseñanza de lo que en un tiempo fue, escuela de una nueva
vida, quizás, por otro lado; un vestigio más de la inconsciencia, la
evidencia de un caos, o, el resultado de una decadencia estructural. Un
paréntesis en el tiempo o un punto final. Pero, andamos, saltamos los
arroyos sobrecogidos por su bramar entre las rocas, y, a veces los vadeamos
descalzos con los pies sumergidos en aguas heladas y eternas, sorteando
lajas resbaladizas encajonadas en el fondo de riberas blanquecinas de
escarchas, rodeadas de olorosas madreselvas y alisos descendientes de otros
tiempos.


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