Vino noviembre y por aquí
pasaron nubes, continuaron su camino a no sé donde y se llevaron el agua en sus
marmitas. Galoparon entre el aire dibujando formas, se agolparon en las puertas
de casa y también a la orilla del mar, sonrojaron aún más el sol cubriéndolo
con una tenue veladura. La hierba se estiró esperando a oler a mojado y los
tréboles de la mañana se tiñeron de púrpura. Así fue, anunciando lluvia sin
llover, la época de redescubrir.
Somos hierba, frágil y enraizada en una tierra de
momento única y vulnerable también. Nuestros actos la riegan continuamente y
nuestras palabras enmohecidas ya corren torrente abajo llenando mares que piden
amparo, plagados de mensajes en botellas sin descorchar.
Somos una isla apretujada
en una inmensidad desconocida aún sin conocimiento de su principio y fin,
habitada por una generosa naturaleza que nos alimenta, en ella engendramos los
peores males y a pesar de ello recibimos los mejores bienes de su seno.
Pasaron días y llovió por fin, se dibujaron cielos entre
las arrugas del barro, de la tierra, y se reflejaron en ellos nubes y gotas
suspendidas entre azules y grises, entre verde y dorados con palabras de oro y
versos dedicados a lugares sagrados e ignotos.
Al abrigo de las ascuas, de los troncos que se queman
recordando un verano ya pasado, pasa sigiloso el silencio que sobre el latir
del viejo reloj y el crujir de las llamas, de puntillas, recorre la estancia en
la que duerme la noche adherida a los fríos cristales e iluminada por la luz de
las llamas.
Después, como todos los días, amaneció y llegó
nuevamente la tarde, nos trajo la brisa del Mediterráneo, sutil y cargada de
presagios de invierno, de olores ancestrales que refrescan la memoria.
Así va pasando este otoño incierto, confinado
también. Época de pensamiento, de refugio en los silencios que se instalan tras
la caída de las hojas y ante la fría desnudez de su naturaleza engalanada de
belleza sin pudor, generosa como siempre, helada, donde el tiempo se detuvo.
Al margen de la vereda y entre marañas de ramas los
céfiros susurran canciones sin tiempo, a sus pies rebotan sobre las piedras
bayas de duras cortezas que suenan como madera hueca, y, entre eco y eco
resbalan y sisean hojas secas hacia el borde del arroyo que habla y golpea
cristalino las rocas eternas que duermen en su lecho, ante ese rítmico y
continuo acontecer, las aves entonan melodías con breves vocalizaciones que
rebotan entre las paredes de los barrancos y quedan colgadas de ramas
extendidas a cosmos indescriptibles.
Cuesta arriba, empinada entre lascas húmedas rociadas
del musgo casi fosforescente que trajo el paso del tiempo, continúa el sendero,
encinas a las que saludar salen al encuentro, cipreses y pinos que llenan de
olores el aire, en el llano los cinco cedros, ahora enormes, testigos de
nuestra vida, de nuestro paso durante unos cuantos lustros bajo sus ramas,
miran el horizonte roto por las nieves de las alturas y los farallones casi
infranqueables, ambos herencia de un génesis por descubrir. Y mas allá, el
bramar lejano de las frías aguas, de espumosas y sonoras cascadas, allí las
águilas los vigilan igual que ellos vigilaban nuestros sueños mientras dormíamos
a sus pies, divisando astros incandescentes que se posaban en sus ramas, cobijo
del ulular de aves nocturnas, de la fatiga para llegar a su encuentro, de la
escarcha y del sofoco del estío, exactas veletas y contenedores de vida eterna.
Hoy tocó recoger el otoño, esparcido por el suelo,
entrapado entre los brotes verdes de invierno, verdes, amarillos y todos los
ocres, mientras el viento de poniente hace sonar la hojarasca. El viento es
limpio, silencioso, tan solo audible cuando se enmaraña con las ramas, cuando
quiere arrancar las rocas, cuando aprende a silbar. Siempre se asocia el otoño
con el final de la vida, pero, no es así, es el abono de la vida, el inicio de
un gran viaje, donde arribar a otros puertos para refugiarse en dimensiones
desconocidas, el otoño es el infinito que amamanta el tiempo y la tierra,
seremos otoño siempre.
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