domingo, 10 de enero de 2021

Camino despejado

De nuevo en la ciudad para convertirme en otro ser distanciado, rodeado de paredes cansadas de los flash, con las aceras llenas de júpiter y saturnos colgados de alambres plagados de miles de estrellas artificiales sin cobijo de las ramas, bajo esa bóveda que alumbra las hojas retrasadas del otoño se espera la lluvia, duermen gorriones sin los silbidos y chasquidos de los estorninos, sin agua que corra, con el sonido de cacharros y respiraciones agitadas, con el bullicio confinado.

            Y ahora llegó el Solsticio del invierno, Sistere, permanecer quieto, la espera. El Yule designa el momento en que la rueda del año está en su momento más bajo. También se sacrificaba un cerdo en honor de Frey, dios del amor y la fertilidad, que según la creencia controlaba el tiempo y la lluvia, la bodega llena, la fortuna nos abriga, creedme, somos afortunados, felices en este asqueroso mundo que decía Trecet a las tres de la tarde, a las cuatro me encontraba apretando tornillos por quince mil pesetas al mes, alguien entenderá esto, pero, (pero, la peor palabra del diccionario) ya soy caballo viejo.

            Días después salí a las alturas, a la tundra que alberga dos paisajes; el vertical de las altitudes y el horizontal de sus bosques, raíces, troncos, enebros, sabinas, agracejos. En ese mundo, el de verdad, habita la resistencia esencial frente a las circunstancias extremas de la naturaleza, y observándola, tratamos de descubrir que es lo importante y lo superfluo que nos rodea. El agracejo que allá vive, en perfecta simbiosis, da sombra a la nieve y asegura así tener agua. No existe la casualidad, es un regalo.

            En las planicies de la tundra viven los vigías del tiempo, los gendarmes que apuntan al cielo, entre sus grietas guardan las voces de otros tiempos, son testigos de su paso y de la existencia de la eternidad. A su lado todo se detiene, y en días azules esperan nubes que rocen sus aristas, que los impregnen de la fresca savia que da vida y al mismo tiempo reguardo de los vientos a sus habitantes, al caminante también.

            No hay tiempo a sus pies, sólo sabiduría y leyendas legendarias de tormentas pasadas, de veranos con nieves eternas y hadas que aparecieron en días cubiertos de invierno a lomos de caballos alados capaces de ver entre la niebla espesa, rocas holocenicas, residuos de antiguos glaciares que sirven de faro, de guía, a los caminantes que en su cansino andar navegan por esas alturas en busca de otras islas donde atracar su vida, donde marginar los pensamientos engendrados por esta furia que la nueva condición humana apartada de la naturaleza trae. Es el otro mundo, el que taparon con el velo de la ignorancia para distraer los sentidos y desviar la atención hacia un mundo servil donde nada crece excepto la inmadurez y el vacío de iniciativas.

            A las nubes, pasaron de largo con sus cantimploras llenas a recónditos lugares, dejaron cielos azules en una época nueva, en una estación desconocida sin predicciones posibles. Ya no volverá a ser, allá oteo el horizonte en su busca. Todo cambió.

  A las nubes saludamos, detenerse y observar su paso es un acto de paciencia, de abandono de la cotidianidad, de refugio y reencuentro con la tierra. Es un vuelo a la imaginación, es una espera esperada.

            Paseábamos por ciudades encantadas de memorias acumuladas y esparcidas por todos los rincones, amontonadas de civilizaciones con costumbres adoptadas para hacer creer de la existencia de mundos de ficción, lejos de la tierra y atractivos para no abandonarlos. Las hojas del otoño las recogieron sin dejar mensajes escritos en ellas. Los árboles los podaron amputando sus brazos. El agua dejó de correr libre y quedó atrapada en eternos bucles enjaulada en fuentes arquitectónicas.

            Mientras siguen pasando días de incertidumbre, con el viento del oeste que ha llegado enfundado en frías ráfagas, de escarchas nocturnas y vendavales helados, anunciando un invierno impreciso cargado de olor a leña quemada que asciende en estos extraños días de sol. Mezclado con el humo y el vapor que la tierra desprende en la mañana recién levantada, tapizada de rocío helado que se despereza lentamente al igual que los pensamientos que nos dejaron dormidos durante siglos, solo para creer en los suyos. Solo para ser sus servidores. Caminamos a pesar de ello, en busca de una recacha donde arribar y desprenderse de todo lo mal aprendido. Salimos al amanecer, antes de que despunte el día, en invierno para encontrar la nieve bien dura que sostenga nuestro cuerpo, en verano para encontrar el frescor de las alturas, en las otras estaciones para encontrar también la belleza.

            Los cielos, en esta época en que la naturaleza está en desacuerdo con el ser humano, se desnudan y lucen brillantes para embaucarnos, para decirnos algo que ya sabemos y hacernos cambiar, para lanzar un mensaje esperanzador lleno de un esplendor que obliga abrir los ojos y ver que se puede prescindir de todo lo superfluo y lo innecesario que es lo que destruye. Lo necesario es lo que hace vida, lo común es intransferible, es único.


 

 

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