De nuevo en
la ciudad para convertirme en otro ser distanciado, rodeado de paredes cansadas
de los flash, con las aceras llenas de júpiter y saturnos colgados de alambres
plagados de miles de estrellas artificiales sin cobijo de las ramas, bajo esa
bóveda que alumbra las hojas retrasadas del otoño se espera la lluvia, duermen
gorriones sin los silbidos y chasquidos de los estorninos, sin agua que corra,
con el sonido de cacharros y respiraciones agitadas, con el bullicio confinado.
Y ahora llegó el Solsticio del
invierno, Sistere, permanecer quieto, la espera. El Yule designa el momento en
que la rueda del año está en su momento más bajo. También se sacrificaba un
cerdo en honor de Frey, dios del amor y la fertilidad, que según la creencia
controlaba el tiempo y la lluvia, la bodega llena, la fortuna nos abriga,
creedme, somos afortunados, felices en este asqueroso mundo que decía Trecet a
las tres de la tarde, a las cuatro me encontraba apretando tornillos por quince
mil pesetas al mes, alguien entenderá esto, pero, (pero, la peor palabra del
diccionario) ya soy caballo viejo.
Días después salí a las alturas, a
la tundra que alberga dos paisajes; el vertical de las altitudes y el
horizontal de sus bosques, raíces, troncos, enebros, sabinas, agracejos. En ese
mundo, el de verdad, habita la resistencia esencial frente a las circunstancias
extremas de la naturaleza, y observándola, tratamos de descubrir que es lo
importante y lo superfluo que nos rodea. El agracejo que allá vive, en perfecta
simbiosis, da sombra a la nieve y asegura así tener agua. No existe la
casualidad, es un regalo.
En las planicies de la tundra viven
los vigías del tiempo, los gendarmes que apuntan al cielo, entre sus grietas
guardan las voces de otros tiempos, son testigos de su paso y de la existencia
de la eternidad. A su lado todo se detiene, y en días azules esperan nubes que
rocen sus aristas, que los impregnen de la fresca savia que da vida y al mismo
tiempo reguardo de los vientos a sus habitantes, al caminante también.
No hay tiempo a sus pies, sólo
sabiduría y leyendas legendarias de tormentas pasadas, de veranos con nieves
eternas y hadas que aparecieron en días cubiertos de invierno a lomos de
caballos alados capaces de ver entre la niebla espesa, rocas holocenicas,
residuos de antiguos glaciares que sirven de faro, de guía, a los caminantes
que en su cansino andar navegan por esas alturas en busca de otras islas donde
atracar su vida, donde marginar los pensamientos engendrados por esta furia que
la nueva condición humana apartada de la naturaleza trae. Es el otro mundo, el
que taparon con el velo de la ignorancia para distraer los sentidos y desviar
la atención hacia un mundo servil donde nada crece excepto la inmadurez y el
vacío de iniciativas.
A las nubes, pasaron de largo con sus cantimploras llenas a recónditos lugares, dejaron cielos azules en una época nueva, en una estación desconocida sin predicciones posibles. Ya no volverá a ser, allá oteo el horizonte en su busca. Todo cambió.
A las nubes saludamos, detenerse y observar su paso es un acto de paciencia, de abandono de la cotidianidad, de refugio y reencuentro con la tierra. Es un vuelo a la imaginación, es una espera esperada.
Paseábamos por ciudades encantadas de memorias acumuladas y esparcidas por todos los rincones, amontonadas de civilizaciones con costumbres adoptadas para hacer creer de la existencia de mundos de ficción, lejos de la tierra y atractivos para no abandonarlos. Las hojas del otoño las recogieron sin dejar mensajes escritos en ellas. Los árboles los podaron amputando sus brazos. El agua dejó de correr libre y quedó atrapada en eternos bucles enjaulada en fuentes arquitectónicas.
Mientras siguen pasando días de
incertidumbre, con el viento del oeste que ha llegado enfundado en frías
ráfagas, de escarchas nocturnas y vendavales helados, anunciando un invierno
impreciso cargado de olor a leña quemada que asciende en estos extraños días de
sol. Mezclado con el humo y el vapor que la tierra desprende en la mañana
recién levantada, tapizada de rocío helado que se despereza lentamente al igual
que los pensamientos que nos dejaron dormidos durante siglos, solo para creer
en los suyos. Solo para ser sus servidores. Caminamos a pesar de ello, en busca
de una recacha donde arribar y desprenderse de todo lo mal aprendido. Salimos
al amanecer, antes de que despunte el día, en invierno para encontrar la nieve
bien dura que sostenga nuestro cuerpo, en verano para encontrar el frescor de
las alturas, en las otras estaciones para encontrar también la belleza.
Los cielos, en esta época en que la
naturaleza está en desacuerdo con el ser humano, se desnudan y lucen brillantes
para embaucarnos, para decirnos algo que ya sabemos y hacernos cambiar, para
lanzar un mensaje esperanzador lleno de un esplendor que obliga abrir los ojos
y ver que se puede prescindir de todo lo superfluo y lo innecesario que es lo
que destruye. Lo necesario es lo que hace vida, lo común es intransferible, es
único.
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