Vestigios vestidos de oro resisten al tiempo y hablan de su
paso. Entre las ramas desnudas cuelgan las últimas hojas doradas como sutras al
viento y comienza a anidar el invierno. Mezclada con su savia, circula la
sabiduría, la esencia del todo que más tarde abonará la tierra. Nuestros
vestigios, en esta época, y, nuestro legado, se resume a un puñado de códigos
numéricos que no dejará huella, una savia oculta que circula en una dimensión
cuántica donde se encierran sabidurías desconocidas, efímeras, difícil de
rastrear por los futuros arqueólogos.
Donde,
dónde, allá, allá está todo el tiempo amontonado, soplando entre los vacíos,
ascendiendo entre paredes vertiginosas donde anidan sólo aves legendarias y el
silencio roto para existir. Con el sigiloso roce de las hojas se hace el
silencio, también con el paso de las páginas del libro, también con el crepitar
de la hoguera y con la respiración agitada por el empinado camino.
Es imposible ver más allá sin anidar en esos horizontes verticales, los horizontales se encuentran en los océanos también hoy degradados, absorbiendo nuestros desechos mientras evaporan el futuro que erróneamente se construyó durante siglos.
Así las
ciudades duermen en sueños imposibles, navegando sobre dimensiones fabricadas a
base de percepciones virtuales y repletas de toda clase de templos erigidos
para idólatras de todas clases. Vivimos las ciudades concebidas para ser
habitadas de forma diferente a la que ahora necesitamos, rodeados de "la
ignorancia y la incomprensión que conducen al error y la calumnia" como
dice Edgar Morin. Apartados de la
savia de la naturaleza y abrazados a una tecnología embaucadora en la que la
voluntad se ejercita con un "like" sobre una minúscula pantalla.
De nuevo
vuelve el viento insistiendo en colarse por las rendijas. Es la realidad, el
lenguaje que transporta a las nubes deshilachadas y enfurece las olas, mañana
quizás se haya ido y llegará una luz diferente, otros olores y otras voces que
alertan de tu presencia aquí.
Tú también
eres efímero y quizás no sentiste el viento mientras navegabas en aquella otra
dimensión de universos enanos atrapados en confines cibernéticos. Quien conoce
las alturas añora la lluvia y al mal tiempo lo llama bueno, y a las vicisitudes
aventuras.
En estas
horas de pandemia vamos olvidando la compañía, fijamos la mirada en el este y
la añoranza en el oeste. En los abrazos púrpuras de cualquier tarde que traen
los arreboles adornados con el sonido de aves que vuelven a sus nidos a esas
horas. Es el amparo, el refugio, y, el este la mañana, por la noche Orión, el
Cazador.
Allá los
caminos son distintos, circulan sobre pétreos mantos, minerales que llegaron de
otras galaxias, nieves eternas, azules, grises y marrones peinados por los
vientos que transportan el olor de la eternidad.
Otro refugio donde se guardan los pensamientos de
la más antigua humanidad y los secretos escondidos por el tiempo para su
conquista por los cazadores de sueños, por los argonautas que conducen los días
hacia la siempre presente y ansiada Ítaca.
Allá la voz
del devenir se construye con silencios rotos por los hielos que crujen, las
rocas que ruedan, los vientos estrellados sobre sus lomos, tus pisadas. Tu
presencia allí es un acto de rebeldía ante lo afligido de días inciertos, de
inviernos que parecen primaveras, de épocas en las que brotan frutos a
destiempo. Ello hace pensar que nuestros paradigmas y cosmovisión han cambiado,
las nuevas percepciones comunes que recibimos en esta pandemia contribuyen a
ello y desplazan antiguas actitudes, volvemos a ser vulnerables ante la
naturaleza que creíamos dominábamos perdiendo nuestra inmunidad y la
inmortalidad que creíamos haber conquistado, sucumbimos ante creencias
inexactas que circulan en cosmos prefabricados. Nuestra herencia hacia el resto
de los que nos precederán, será la de unos pocos, la de los sabios, la de los
verdaderos hijos de la tierra que se empaparon de su savia y también la
alimentaron, la de los creadores que produjeron sueños e imaginaron otra
realidad, la de los locos que caminaron en dirección contraria, la tuya que te
paraste a pensar y a lanzar botellas llenas de versos al océano, mientras que
gran parte sueña en un sueño inducido.
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