sábado, 27 de febrero de 2021

Mirar las nubes

    Mirar las nubes es buscar presagios, es caminar en el tiempo, navegar con el viento, es adentrarse en el imaginario colectivo, la conciencia social.

    En la imaginación se dibujó la luz dorada de una tarde de invierno, luego, entre otras que pasaron inadvertidas, se llenaron los espacios áureos de trazos etéreos intemporales, de ramas al viento señalando el destino que converge en cosmos inexplorados. ¡Detente! hoy el naranjo dejó brotar su primera flor de azahar al resguardo de la ventolera, ajena a los temblores de la tierra, y, mañana exhalará su perfume para recordarte que pasó el tiempo y sigues ahí, navegando siguiendo estelas de cometas que hace ya iniciaron su viaje. 

    A veces el tiempo se asoma a tu camino acompañado del murmullo que envuelve las últimas luces del día, y, avisa de su paso con fugaces destellos de la perecedera belleza. 

    Del otoño aún queda su recuerdo suspendido de los brazos del membrillo, como un astro, el fruto seco, amarillo de tiempo, intenta navegar entre las ramas desnudas de invierno que se dibujan sobre al azul del cosmos. 

    Allí aguarda la llegada de los que miran las nubes que son los visionarios, los que predicen los días y alientan las horas con sueños de dragones alados que se deshilachan con el sonido del viento, así va uno desperezándose de la noche, aguardando la mañana que llegará cálida de invierno, de ramas que siguen desnudas y que dejaron a la intemperie nidos abandonados, certezas absolutas y claros por donde se cuelan las palabras que trae el primer rayo de sol. Y ahora dibujo el invierno con ondas sonoras que viajaran encriptadas en códigos numéricos suficientes para diluirse entre percepciones terrenales, entre siluetas de cumbres al amanecer, en destellos fugaces de mensajes encriptados que genera la máquina que me acompaña, en consignas gratificantes. Mundos posibles. 

    Y ahora, aquí esperando la lluvia, ya hace que no cae, tan solo el rocío que trae el amanecer y la humedad que trepa desde el cercano Mediterráneo. Su ausencia enmarca los días en una extraña soledad que a veces se disipa con la predicción de que llegará. Mientras, la calma es absoluta y en su interior el color de la mañana desapareció dejando en su lugar los grises más hermosos que anuncian su llegada.

    Después abrieron sus bodegas las nubes y se desprendieron de su carga, los brotes del azahar quedaron satisfechos a la espera de recibir la luz cálida de la mañana que está por llegar.

    Llega la mañana de febrero, como siempre excéntrico, cargado de sorpresas que son presagios de otro génesis más, el aviso de la llegada del equinoccio, la brújula de la naturaleza que nos sitúa para observar un nuevo alumbramiento.

    Comienzan a llegar los mirlos atraídos por los primeros tiernos brotes, las abejas por los olorosos colores, y, la vieja broza, sigue su rito ancestral hacia la fragua del campesino.

    La criatura más antigua, sin génesis conocido, a veces duerme plácidamente entre rescoldos y con la ventolera despierta como un diminuto sol en la tierra.



 

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