El agua es nuestro espejo, la virtud de la tierra, la
que pauta nuestros ciclos, la que aclara los días. El ser sin fin que lucha
contra nuestra soberbia, la que crea barro y olores, es la orquesta que te
acompañará a la noche, a la salida del bosque, hasta en la plaza donde se
refugian los pájaros del estío. Su voz se alza y alcanza, desde el fondo de los
valles, hasta las cumbres que la crean, sus manantiales. Somos manantiales.
Aquel día, justo a la orilla del Valdeinfierno, se
hizo la noche de plata, cantaban las aguas melodías de tiempos sidéreos y sus
gotas salpicaban al cosmos como diminutos astros difuminados en la maraña
celeste. La hierba de la orilla era el sustento del cuerpo cansado y el
firmamento el cobijo de los pensamientos. El fresco de la noche de verano; el
alimento, la tierra; el habitáculo del tiempo, los sueños; el escultor de la
vida. En su ribera, no existe el querer estar y al mismo tiempo el no querer,
siempre te acoge, y, allá me desprendía de lo inservible, de todo lo superfluo
que te impide estar. Entre esos miles de reflejos la mañana quería demorarse en
llegar y la rotación de la tierra casi se detuvo. El camino para llegar ahí aún
resuena en mis oídos desde los rincones de la memoria.
Y así pasan muchos días, alumbrando a nuestro paso
los abismos que residen en la caverna mágica del tiempo que moldea el antes y
el después, lo impregna hoy de savia limpia, regeneradora, lo llena de espacios
desde donde observar aquellos barrancos que son las heridas de la tierra
marcadas por el tiempo y que delimitan el rumbo de los senderos. Allá anidan
las rocas, el vestigio del pasado, el testigo que guarda calendarios remotos,
el cobijo del caminante en la ventisca, el escritorio de la naturaleza donde el
tiempo guarda sus mensajes, la brújula y gendarme que señala el camino.
Mientras pensaba esto bajé al huerto y vi llegar al
azahar con su aroma del Oriente, viajera a lomos del tiempo. La mañana me
acogió frente ella y la brisa donde navega su blanco de motas amarillas.
Comenzó a levantarse un ligero poniente que fue adornando el cielo limpio de
nubes en la mañana recién levantada, soleada, lucía un blanco luminoso que no
podría describir y que alguien en alguna ocasión habrá descrito, y sin palabras
aquel olor llagaba embaucador haciendo difícil distraerse de aquella enorme
pequeñez.
A la vuelta a las
calles, antes de salir de casa camino a Palacio, las aplicaciones de las
máquinas pronosticaron lluvia y amaneció sin nubes, algo no va bien, nadie miró
al cielo, nadie, la tarde anterior, vio esconderse el sol, quizás alguien salió
a la calle con la sombrilla. Quizás olvidamos su existencia a cambio de nuestra
virtualidad semejante a una burbuja que navega sin rumbo en un infinito cosmos.
Pero, volvamos a la tierra, aquí en ella, nos
encontramos en una ocasión con Bartolo, pastor de la montaña, hoy quizás ronde
los cien años de edad. Aquel día por la tarde, sin nubes también, no había
maquinas entonces pero estaban sus ovejas, él supo traducirnos que barruntaban
lluvia, y ese acto consistía en sacudir las orejas, una intuición ancestral de
la naturaleza como presagio. Llovió y se hizo la noche y caminamos mojados, por
el sendero lo recordamos con asombro y llovió bastante hasta que la nubes
dejaron entrever una luna de limpio cristal. Luego llegaron los vapores de
raíces secas al fuego, el espectáculo de observar las pavesas incrustarse en el
firmamento.
Ahora ya llega el aroma de otro nuevo ciclo, nos
parece algo habitual, y, al detenerse y pasear los sentidos entre el color y el
olor, se disuelve la habitualidad y brota la seducción.
También las acerolas
saludan a las nubes que ya vaciaron sus marmitas, que volvieron con presagios
de buena voluntad, que taparon la bóveda celeste para soñar otros sueños. Saludaron a las higueras que
despiertan del limbo con brotes verdes y que generosamente esparcirán la tierra
a sus pies de dulces frutos.
Después, se fue la tarde, como otros días, como este día
único atrapado entero en un sólo instante.
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