Aún visten los tilos de la plaza sus ramas desnudas que dibujan sobre el cielo azul su rastro de otro invierno que acaba, sobre el sol que impregna las fachadas de antiguos edificios con pátinas de oro, con olor a la próxima estación. Sus brazos herculeos, negruzcos, gigantes vestidos de invierno que albergan vida en sus ramas, en sus raíces, en su tronco, en su sabia milenaria que es el símbolo telurico,
si, este es un viaje lento, aquí, en este antiguo café se detuvo el tiempo, y ahí pasaron los olores de la infancia y se mezclaron con los colores de esta estación, de esta parada, tras los cristales volvi a viajar.
Ahora en tiempos de pandemia parece haberse disipado, de momento, la prisa, el ir y venir de las gentes, las terrazas abarrotadas de foráneos presos de las consignas de las montaraces agencias de viajes, los olores que desprenden las comidas rápidas, vuelve en su lugar la tarde de café entre conversaciones pausadas al ritmo de la cucharilla que tañe acompañada del repicar del agua que salpica en la fuente coronada por Neptuno, donde los pájaros que ya intuyen la primavera comienzan a llegar, son las gentes del barrio. Sumergidos en la resistencia, y, seguramente, sin darnos cuenta, en el aprendizaje de otra forma de vivir, buscamos los mismos horizontes pero por distintos senderos, en su transcurso, van quedando sobre el camino multitud de victimas, unas por causa directa y otras muchas también por sus consecuencias y efectos, hasta ahora el modelo de vida elegido que parecia funcionar ha llegado al borde del abismo que nos precede. Nuestras preguntas y sus respuestas las dará la naturaleza.
Y, le escribo a la naturaleza, exiliada, su belleza nos acompañó y nos acompaña, nos transporta a lugares remotos donde tan sólo tú puedes entrar. Sin embargo, la nueva cultura imperante nacida desde los pensamientos extemporáneos que brotan de la omnisciencia humana, regados, además, por creencias inverosímiles a mayor abundamiento, aferradas a la ignorancia, símbolo ésta, del desconocimiento y la discriminación mediática, del injustificable superconocimiento de lo banal que padecemos y que la sitúa en la cúspide de los valores sociales con un solo fin lucrativo y al mismo tiempo discriminatorio, fijandola como base y eslabón de todo lo innecesario que, por arte de magia, se convierte en esencial. Tal magnitud nos invade, y, la ingratitud y la falta de correspondencia que habita en el mostruoso ego humano, parcialmente consciente, emerge ciego y se apodera de la razón. Siste viator, detente, caminante. No sólo es reivindicar otro mundo, si no tomar posesión de las "auténticas" cualidades que nos hacen humanos, construir la pirámide tomando como base la Justicia y la Equidad incluyendolas también en el seno de la naturaleza y dejando a un lado todo aquello que creemos poseer y que nos fue legado por divinidades desconocidas. Nuestro actual universo simbólico donde reside el lenguaje, el mito, el arte y la religión y que hasta ahora definían parte de nuestra identidad, ahora, constituyen caminos imposibles a los que seguimos aferrados.
Volvimos a la tundra, es el mes de abril y aún persiste el invierno, el viento allá azota todos sus rincones, la fuerza de su conversación es regeneradora de los sentidos, su universo nos traslada a la observación, a la percepción de la insignificancia de nuestro paso. Mientras caminas allá, apoyado sobre el rigor de un paisaje inusual y extremo, alcanzas las soledades esenciales, permanentes, devastadoras y alimento del pensamiento, como en el cosmos donde navegamos y nos hacemos de tierra entre inmensidades. Volvemos allá y ahí somos parte, somos simbiosis. La simbiosis. Ese sincretismo residente en ella, paradójicamente, engendra la presencia de los desheredados que son los que no poseen la tierra porque les fue arrebatada, siendo esto, al mismo tiempo, una combinación inherente de lo humano con capacidad fagocitadora que subsime, incluye y abre sitio como un contrasentido en la pirámide social a aquellos. Ahí se abre la puerta a la domesticación social, a la antítesis del capitalismo y del neoliberalismo, al abandono de la automatización social, para abrir así las puertas a las grandes alamedas, sin utilizar y sacar provecho de la vida en común para lucrarse como único fin de esta efímera existencia. Y así, bajo las primeras sombras de los tilos, relucientes de verde recién nacido a pesar de la escasez de lluvia, generosos, ejemplares como tantos otros, y, entre el sonido de las terrazas que recogen los platos y vasos, el de la fuente que va derramando el agua que rebosa de las piletas, los pasos de las gentes, el cierre de las persianas, el de los últimos cafés de la tarde y el sol que roza sonrojado las fachadas. Se van vistiendo de verde, generosos saludan los tilos de la plaza a las nubes, pasajeras de otros tiempos casi olvidados, sin lluvia, sin abril, vendrán de nuevo a la memoria, a la tierra, habrá otro sendero. Nada es exactamente dogmático. Así van saliendo de la pantalla palabras indescriptibles y se van convirtiendo en la búsqueda de la belleza.
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