La ciudad es amable y disipa las asperezas cuando se integra en ella lo esencial, y esto es la Naturaleza, pero, parece que cuesta entenderlo y darle su valor. Donde las ramas que trepan antiguos castillos, anida el verde y rojo de tierra habitada, se convierte en lugar de amparo, en refugio de tiempo, y el mortero y la leña hablan de ti, de cuando a la puerta de casa el sauco saludaba amablemente. De cuando abrías la ventana y el horizonte era verde, o, cuando desde la puerta te encontrabas con el mar.
Ya es mayo y sopla el viento, las ramas de los árboles se baten y cantan al oido frases antiguas que el paso de los dias dejó olvidadas. Pero tú no te olvidaste de ti, navegaste entre muchos inviernos y volviste a florecer en otras muchas primaveras. Te hiciste de roble, ya lo sé. Te cubrieron de hojalata para que tras ella no germinases y de nada sirvió.
Ahora me voy a arar la tierra.
Verde que impregna el sol de color, raices que brotan y se convierten en amparo, en cobijo de la escasez, en amables rincones que albergan futuro, son árboles y mis pensamientos son los suyos, el símbolo vivo del futuro y del paso del tiempo, en su lenta espera abrazan el estío y entre sus hojas roza la brisa fresca, detienen la vida para que las nieves se posen sobre su desnudez, vuelven a germinar exalando olores de frutos imperecederos, revisten sus pies de alfombras ocres, naranjas, bermellones, donde renace la sabiduría de la tierra. Son seres que marcan los puntos cardinales y los hemisferios de la tierra, son el reloj del tiempo. Nunca se ha hablado tanto de ellos como ahora, su ausencia en los hábitats urbanos quizás sea la razón, pero siempre han estado en nuestra memoria, en nuestro cosmos interno, en nuestra existencia y ante su ausencia física, sobretodo, es cuando buscamos su refugio y nos lleva a su encuentro. Vivimos en una sociedad desorientada en muchos sentidos y sobre todo respecto de las raices que nos trajeron acá, en relación a la Naturaleza, y, ellos son la veleta de los caminos. Son referencias en los senderos, en las encrucijadas, y, ahora estamos ante una de ellas; la pérdida de biodiversidad que conlleva la del pensamiento reemplazandolo por el inducido, la pérdida de los valores esenciales absorbidos por toda clase de masivas creencias que incrustan corrosivas actitudes evasivas y asi, la comunidad, estar plenamente satisfecha para no preocuparse. Su ausencia -la de los árboles- es nuestra ausencia, es tu ausencia, es la desolación y la desorientación. Paradójicamente buscamos la naturaleza, viajamos y pasamos horas a su encuentro y a las puertas de casa no dejamos crecer nada. Se desembosca para construir habitaciones y en los lugares vacíos que quedaron después, plantamos especies de caracter ornamental y lejos de su hábitat, después, una tarde de lluvia, contemplamos el lugar y nos admiramos de haber encontrado la belleza. Así es la sociedad de la inmediatez, lo instantáneo desplaza la historia y a la inacción se le llama respeto y a la desolación; progreso, al progreso; crecer, el crecimiento se basa en la sustracción de los bienes comunes, cualquier fruto que da la tierra pertenece a lo común, inclusive el pensamiento, la inteligencia, el conocimiento, el arte y la cultura, incluso la palabra. Por eso estas palabras no son mías, son la voz de la tierra, al igual que la música, los membrillos, las naves, los argonautas, Marco Polo, Cain y Abel, Mahoma, los Robles del sendero y los tilos de la plaza, el olor a tarde de café, la Luna, Angelo Branduardi, los cócteles molotov, la desidia y la tirania, Colón, las torres gemelas, la olla podrida de Sancho Panza, Lawrence de Arabia, Casa Blanca, el Shisha Pangma y el Dhaulagiri, el limonero y el ciprés, Bécquer, Alfonsina y el mar, Séneca, el vacío, Pessoa, Aristóteles, Maimónides, el Aleph y Sepronio y así crecimos, después de tantas razones valiosas nos quedamos con un pensamiento único, la inmediatez lo esquilma todo y a cambio ofrece el trofeo de la gloria por un segundo.
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