sábado, 26 de junio de 2021

Entre las hojas

 

               

                Entre las hojas, las ramas, el verde, se asoma una ventana que abrió un futuro, el legado de otra belleza oculta por la banalidad, (que habría que redefinirla), que lo encierra en el olvido.


                    Abu Zakariyya b. Hudhayl

                 A través de mis oídos puedes escuchar el murmullo del río ahora que no estás. Y, quizás, oler las acequias que aún quedan y que riegan las fértiles almunias, custodiadas por los sauces, madreselvas, rosales silvestres y nogales. Sus aguas siempre han regado las alquerías y los huertos convirtiendo aquello en el Al-guta de Damasco donde paseabas por mayo con la última brisa tras el descanso concedido por los Sultanes de las casas Qays Aylan, Abs b. Bagid, Ashcha b. Rayt y más, después de que Abd al Aziz conquistara Elvira y que Muhammad Ibn al-Ahmar cambiase su residencia a la colina roja, llegó otra civilización y desde ella brota mi agradecimiento por el extenso legado y la nostalgia de un tiempo casi olvidado, recogido en algunos libros para la memoria de solo algunos interesados en ello. Desde entonces se fue instalando una nueva cultura sobre aquella con otros códigos éticos que favorecieron el desamparo de esa riqueza y de los valores que la sostenían transformados por los siglos en superfluos, esa pérdida nos lleva, incluso, a perder la atención a lo ínfimo que queda relegado ante la apariencia de verdadero de lo que actualmente nos rodea constantemente, la vida real parece haber pasado a un segundo plano ante la magnitud de la virtualidad que nos une en unos segundos, la instantaneidad sumerge el pasado y con él la enseñanza que trae consigo la historia, en su defecto, germina incapacidad para la comprensión del presente y estancamiento de un modelo de sociedad ahora atada a reglas espurias que evitan lo que es racional para algunos y lo irracional para otros, aumentando la disminución de capacidad creativa para todos, anegada bajo un estado de bienestar caduco, lo cual, genera sujetos inducidos, parcos e inmaduros, sujetos a esos nuevos "dogmas" atraídos por una tecnología más bien mal usada, sin compromiso alguno con la solidaridad, con el respecto, con la reciprocidad, con la generalidad de pensamientos y creencias, con las causas que nos llevan hacia un colapso climático, con la empatía reducida a una sola pulsación con la punta del dedo medio sobre la pantalla.

                Nos rendimos ante la grandilocuencia de hechos que se suceden uno tras otro en escasos minutos y que transcurridos pasan al olvido, algunos de ellos, a los anales de la historia para reverenciarlos como conquistas de la humanidad, sin sentido. Pero la única conquista eres tú, el sentido de tus sentidos, los cuatro elementos que cabalgan, los cuatro egos al unísono. Pero bueno, los tilos florecieron, y ahora dejan caer como una llovizna sus minúsculos pétalos que con la suave brisa se van llenando las rendijas de las losas y los recodos del empedrado, de amarillo, como anuncio de la llegada del verano, su aroma trae instantes de otras épocas que viajan a lomos de su perfume, el olor de los recuerdos que siembran futuro en tiempos inciertos donde la mentira, el engaño, lucen como verdad, donde la desidia abre camino a la incapacidad con la que se marcan los designios. La fortuna no está en esos sustantivos, si no en los días que percibes la brisa, las frases de las aves, tus latidos que son la voz de la tierra, la hierba fresca que es tu antecesor aunque no pienses como ella. El maracuyá, que vino de América Latina, ha despertado y luce toda su explosiva belleza esculpiendo flores exuberantes. El azahar se ha transformado en pequeños frutos aún verdes. La tarde se volvió gris y fresca, el almuerzo fue delicioso como la compañía. El café trajo el sosiego y los pensamientos de la tierra. Mientras dejé sonar a Alfred Schnittke.




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