Entre
las hojas, las ramas, el verde, se asoma una ventana que abrió un futuro, el
legado de otra belleza oculta por la banalidad, (que habría que redefinirla),
que lo encierra en el olvido.
Abu Zakariyya b. Hudhayl
A
través de mis oídos puedes escuchar el murmullo del río ahora que no estás. Y,
quizás, oler las acequias que aún quedan y que riegan las fértiles almunias,
custodiadas por los sauces, madreselvas, rosales silvestres y nogales. Sus
aguas siempre han regado las alquerías y los huertos convirtiendo aquello en el
Al-guta de Damasco donde paseabas por mayo con la última brisa tras el descanso
concedido por los Sultanes de las casas Qays Aylan, Abs b. Bagid, Ashcha b.
Rayt y más, después de que Abd al Aziz conquistara Elvira y que Muhammad Ibn
al-Ahmar cambiase su residencia a la colina roja, llegó otra civilización y
desde ella brota mi agradecimiento por el extenso legado y la nostalgia de un
tiempo casi olvidado, recogido en algunos libros para la memoria de solo
algunos interesados en ello. Desde entonces se fue instalando una nueva cultura
sobre aquella con otros códigos éticos que favorecieron el desamparo de esa
riqueza y de los valores que la sostenían transformados por los siglos en
superfluos, esa pérdida nos lleva, incluso, a perder la atención a lo ínfimo
que queda relegado ante la apariencia de verdadero de lo que actualmente nos
rodea constantemente, la vida real parece haber pasado a un segundo plano ante
la magnitud de la virtualidad que nos une en unos segundos, la instantaneidad
sumerge el pasado y con él la enseñanza que trae consigo la historia, en su
defecto, germina incapacidad para la comprensión del presente y estancamiento
de un modelo de sociedad ahora atada a reglas espurias que evitan lo que es
racional para algunos y lo irracional para otros, aumentando la disminución de
capacidad creativa para todos, anegada bajo un estado de bienestar caduco, lo
cual, genera sujetos inducidos, parcos e inmaduros, sujetos a esos nuevos
"dogmas" atraídos por una tecnología más bien mal usada, sin
compromiso alguno con la solidaridad, con el respecto, con la reciprocidad, con
la generalidad de pensamientos y creencias, con las causas que nos llevan hacia
un colapso climático, con la empatía reducida a una sola pulsación con la punta
del dedo medio sobre la pantalla.
Nos
rendimos ante la grandilocuencia de hechos que se suceden uno tras otro en
escasos minutos y que transcurridos pasan al olvido, algunos de ellos, a los
anales de la historia para reverenciarlos como conquistas de la humanidad, sin
sentido. Pero la única conquista eres tú, el sentido de tus sentidos, los
cuatro elementos que cabalgan, los cuatro egos al unísono. Pero bueno, los
tilos florecieron, y ahora dejan caer como una llovizna sus minúsculos pétalos
que con la suave brisa se van llenando las rendijas de las losas y los recodos
del empedrado, de amarillo, como anuncio de la llegada del verano, su aroma
trae instantes de otras épocas que viajan a lomos de su perfume, el olor de los
recuerdos que siembran futuro en tiempos inciertos donde la mentira, el engaño,
lucen como verdad, donde la desidia abre camino a la incapacidad con la que se
marcan los designios. La fortuna no está en esos sustantivos, si no en los días
que percibes la brisa, las frases de las aves, tus latidos que son la voz de la
tierra, la hierba fresca que es tu antecesor aunque no pienses como ella. El
maracuyá, que vino de América Latina, ha despertado y luce toda su explosiva
belleza esculpiendo flores exuberantes. El azahar se ha transformado en
pequeños frutos aún verdes. La tarde se volvió gris y fresca, el almuerzo fue
delicioso como la compañía. El café trajo el sosiego y los pensamientos de la
tierra. Mientras dejé sonar a Alfred Schnittke.
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