jueves, 5 de agosto de 2021
Otros espacios
Nos superprotegemos para vencer los episodios que se presentan ante un accidente o el peligro y las sociedades se dotan de avanzados mecanismos para ello. Pero nunca pensamos que, al lugar donde nos dirigimos, no es el adecuado y supera el límite de nuestra capacidad. Confiamos en que alguien acudirá a nuestro encuentro y nos salvará cuando suceda el infortunado hecho. Tampoco prestamos atención a los límites de la tierra, a su generosa entrega y esperamos a que esto pase, y, que alguien nos salve, no sé quién.
Aquel día de finales de un invierno, no había helicópteros, ni teléfonos móviles, ni gps, solo el hielo azul y blanco, frio a pesar de que el sol se estrellaba contra sus cristales, era como caminar de puntillas sobre un firmamento helado. Una mañana de sol, de fría brisa, de rocas que como buques navegaban sobre una alfombra blanca. De silencio roto por las pisadas. Bajo nuestros pies un largo corredor discurría serpenteando ladera abajo hasta desvanecerse entre rocas y verdes, sobre los prados donde el agua del deshielo bramaba rompiendo aquel silencio. Uno de nosotros pisó mal el duro hielo y en segundos emprendió una veloz y vertiginosa caida, rebotando entre las rocas de allá para acá. Nuestra vista perseguía sin perder detalle a aquel cuerpo que huía de las alturas, impávidos, con miles de pensamientos al mismo tiempo rondando por la cabeza. No había nadie más, los cuerpos de rescate empezaban en esa época a crearse, los únicos éramos nosotros y a más de diez horas de la más cercana población. Por fin el compañero se detuvo en un recodo del corredor y desde arriba pudimos ver que se movía. Aquella vez la belleza de aquél lugar no dejó entrar la oscuridad de la muerte. Llegamos rápido a su lado, sólo sufrió magulladuras. Nos echamos a la espalda sus enseres para descargarlo de peso, y, ayudándole a sostenerse en los primeros pasos, lo pusimos en marcha de nuevo hasta llegar a la población. Seguramente hoy no hubiese ocurrido así. Hoy la voluntad se ha reducido al "estado de bienestar", a la presión del dedo sobre la pantalla, antes era el clic del ratón que era algo más penoso. El riesgo no existe, se ha convertido en virtual y la verdadera realidad en un paréntesis, todo ello envuelto de la inmediatez. Quizás el capitalismo nos quiera vivos y sanos, así consumiremos más tiempo sus innecesarios productos, y, nos abraza, y, nos engulle y nos superprotege.
Los que caminamos durante años y años al borde de los precipicios, entre los bosques, sobre las tundras, en equilibrio sobre las aristas de la alta montaña, atrapados a veces por su violencia y exagerado rigor, echamos las raíces en lo más humano, en la tierra. Extendimos la mano a todo aquél que lo necesitó y viajamos sobre una realidad tan contundente que lo demás queda en segundo plano. Aprendimos a realimentar la voluntad, a valorar lo más ínfimo, a compartir unos dátiles y unas gotas de agua. A vivir en la pureza de lo perdurable y eterno y a respirar lo efímero que al mismo tiempo se desprende. En nuestras carnes quedó marcada la vital pasión por la supervivencia sin algoritmo alguno, (en este mundo tan sumamente "civilizado" quizás ya no exista ese espíritu), con el sentido de la orientación -en todos los sentidos- incrustado en las sienes a golpes de tormentas, de fatigas, de vientos imposibles que hacían levitar el cuerpo, incluso de poéticos arreboles y tardes de calma púrpura. Aprendimos a no despreciar nada y a valorar los caprichos de la naturaleza y a observar, y sobre todo a las personas, a escuchar el silencio y el rio, la respiración y la de la compañía que se convertía en un elemento cuántico con el que apreciar su estado de ánimo. El roce de las hojas que es el lenguaje de los árboles. Caminamos bajo la luna en eternas noches de firmamentos cristalinos. Seguimos los rastros de antiguos moradores como si sus almas nos guiasen hasta llegar a lugares mágicos, donde la única luz en la noche era la hoguera de la que manaban historias increíbles y donde la vela señalaba la dirección de la corriente que renovaba el aire. El tictac del reloj allá no existe y las horas las marcan las sombras del sol. Aún no había llegado esta contaminación tan extrema, ambiental y, sobretodo, mental. Estuvimos donde reinaba una sólida y pétrea armonía que en su seno guardaba los valores excelsos que nos atan a la tierra. Construida toda ella en minúsculos universos marginales que el propio sistema, después, hizo suyos como meras mercancías. Huimos de las masas y al mismo tiempo navegamos entre ellas para, así, confirmar por enésima vez nuestra sospecha de que un mundo mejor existe, y, llegar a la conclusión de que la naturaleza debe formar parte de la vida diaria, -cuesta trabajo decir una obviedad tan rotunda-. Los santuarios elegidos como reservas de la biosfera, como parques temáticos, nacionales, símbolos definidos por las instituciones como restos, vestigios donde un día habitó la emergente humanidad entonces ingenua, ejemplos de lo que fue y de lo habitable, deberían extenderse, -no cercarse- para tristemente preservarlos de nuestros propios actos, si no, todo lo contrario, extenderlos e integrarlos en la ciudad. Las ciudades habitables ayudan a que sus habitantes se desarrollen, sobre todo, como seres respetuosos ante si mismos y los demás y entre su entorno, así surge la simbiosis con el resto de la vida, mana la tolerancia casi invadida hoy por la tiranía y la incomprensión. Construimos las máquinas, abrimos un nuevo y desconocido capítulo con la intención de abrigar las cosechas, cuidar los ganados, compartir los conocimientos y ayudar a la ciencia. Es el gran avance de la humanidad. El hombre y las máquinas, pero, como suele ocurrir, la usura se apoderó de ellas, y una parte del universo digital se ha convertido en un estercolero, el lugar donde lavar las conciencias, donde exhibir los egos escondidos. Donde el debate termina en la descalificación. Donde se encriptan signos confusos y enunciados inductivos con el fin de desconcertar, de encubrir una realidad para asumir otra distinta, el espacio perfecto para los vendedores de humo, pero algunos aún tenemos la capacidad de discernir y hacer extenderse nuestros micro mundos donde las fuerzas oscuras no tienen poder. Y, allá, las primeras luces del día están cargadas de frases antiguas con las que los druidas descifraban mensajes de la naturaleza. Los buscadores de tesoros, mientras tanto, siguen tras las quimeras, inmersos en el canto de las sirenas sin cera en los oídos, y, mientras, construimos mundos perdurables, espacios para otros que vendrán, aferrados a lo efímero, a lo implícitamente tangible y perecedero que es nuestro paso por aquí. Por eso no dejes tus armas, tu coraza y tu coraje, no creas en nada que tu intuición no vea como certeza.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario