sábado, 11 de septiembre de 2021

Ayer

Ayer; la mañana despertó con el sonido ronco y cansino de un buque, quizás pedía amparo, no lo sabemos, la niebla invadió nuestra visión del cosmos y del horizonte. Las aves se escondieron como presagio de algo desconocido, la tierra aquí no tembló, pero, un tsunami ardiente se fraguaba bajo ese manto de nubes madrugadoras aplastadas de polvo sahariano, mientras tanto aprovechamos para que el pollo se haga lentamente en las ascuas y ponemos ramilletes de romero colgados de los dinteles para que impidan la otra plaga de moscas sacrílegas. La aventura del día esta servida, la luz aún no ha llegado y el motor ruge desesperado. El buque ya ni se oye. Alabados sean los ventrílocuos que te transportan a las ramas donde viven la chicharras. Después, afortunadamente, se escondió el sol. Así transcurren días, a veces inmersos en una realidad surrealista cuando se mira desde el prisma de esta otra en la que pensamos que deberíamos salvar un planeta que parece ser algo ajeno, y si no podemos hacerlo, al menos, intentarlo, y, más se acentúa ese pensamiento cuando el termómetro pasa de los cuarenta. Así discurren las horas, entre una realidad en la que no pasa nada y en la otra que sí pasa. Las dos son aplastantes y las dos impuestas, una por la humanidad incomprensiblemente inconsciente, incompleta y fagocitadora, la otra, por la naturaleza mancillada y no respetada que intenta sobrevivir a la primera. De este modo aparece una tercera realidad, la que nos gustaría vivir, la plagada de caminos soñados hechos realidad. La cuarta y última es ésta, un bucle que gira y gira, como los Derviches, alrededor de todas las anteriores. Su Sama representa la ascendencia espiritual hacia la verdad, nuestra danza diaria en este mundo que vivimos nos convierte en mendigos de lo "ascético que contiene lo material", lo corpóreo sin la coexistencia del alma o el espíritu, (distinta a la definida por las creencias masivas y religiosas), tal carencia impulsa la búsqueda de una verdad que aún no existe, que está en construcción y que abducidos por esa deslumbrante materialidad nos empeñamos en edificar.

En estos tiempos de pandemia se habla mucho de las actividades esenciales, pero se olvidan las necesidades indispensables de los pueblos, la dignidad es una de ellas, y, de momento, en este mundo tan material, para conseguirla es imprescindible una educación sin adoctrinamiento, un trabajo digno y suficientemente compensado y una vivienda adecuada como mínimo. Son los vehículos que dirigen a una sociedad hacia su desarrollo como conjunto de individuos conscientes (y no consiste en crecer, si no todo lo contrario), y, para poder saber ver lo que existe. Para discernir y arrinconar el desgaste que lleva consigo la marginalidad que produce la acumulación del dinero y del éxito.

Aún nos queda las rebeliones y las revoluciones, para tal sublevación hay que "creer" honestamente en ellas, que, en este caso, significa tener la suficiente seguridad de que es el camino para liberarse de las ataduras impuestas por un sistema desfasado y disfrazado de emergentes democracias que nunca terminan de gestar, y, así llevamos siglos en busca de ellas con la impresión de que alguna vez traigan una verdadera libertad. Ya en el siglo V a.C los griegos consideraban la libertad fundamental y por encima de cualquier bien. Ella es la forma de evitar que se apaguen las revoluciones bajo falsas promesas y mediante pagos con bienes materiales extraídos de la tierra que también nos pertenece a todos los pobres, a los pueblos y a las tribus. Solón -594 a.C.- ( https://es.wikipedia.org/wiki/Sol%C3%B3n) tomó la medida de prohibir esclavizar por deudas a ningún ateniense y hoy somos esclavos de un sistema de vida que agoniza, de créditos y deudas para cubrir necesidades básicas y para cubrir las creadas únicamente para sostener este sistema, esto último resulta absolutamente terrible, tan acostumbrados estamos a ello que pasa desapercibido. Las nuevas generaciones nacieron bajo esos preceptos y lo tienen tan asumido que sería imposible revertirlo sin revolución alguna. Hay una canción de la Romántica Banda Local que dice repetidas veces; "no hay un cambio si no hay stop", quizás ésa sea la revolución.

        Ya hablaba Gandhi de la revolución pacífica, la nuestra consiste en mirar hacia el extremo opuesto de donde pone el ojo el sistema y el poder, eludir la penetrante mirada de Sauron y abrazarnos a nuestro ejército que es la Naturaleza, la fuente de la sabiduría. Quizás -es una duda, un adverbio que nos persigue, habría que hablar en tono impositivo- regir nuestros pensamientos dirigiéndolos fuera de la duda, aprendiendo e imitando a la Naturaleza, aprender a observar su lentitud y su perseverancia y luego encajarlos en nuestra vida. Expandir la belleza en nuestros actos incluyendo en ellos los más altos del carácter humano; la voluntad y el valor. Sin ellos seguiremos discurriendo por la misma corriente o caminando sobre la misma alfombra roja que el despiadado capital extendió bajo nuestros pies y que luego, con violencia, arrebató.

 Mientras tanto entre palabra y palabra, entre pensamiento y pensamiento me sumergí entre la hierba navegando a lomos de su olor como otras tantas veces, tan antiguo, su aroma, que mi memoria no alcanza. La hierba es un prodigio del que dependemos, nutre y guarda la tierra, refresca, y, su contemplación, es un acto más de humildad como su esencia, su presencia y su existencia. Su humildad es un ejemplo de supervivencia, es un vehículo esencial para refrescar la memoria, y, cuando se humedece, surge un sentido de la vida que casi permanece desapercibido. Es donde la mirada se relaja y viaja a espacios antepasados. Es la que adorna y arrulla los caminos, el refugio de otros seres y el génesis. Después me senté y observé como cambió el viento de levante a poniente, las moscas desaparecieron y llegó el agua limpia y fresca del Atlántico.




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